por Adolfo López Chocarro
Ilustración: Lola Gómez Redondo
21 Jul.17

“La mitad del romanticismo del viaje no es otra cosa que una espera de la aventura.”
Herman Hesse

San Sebastián, una ciudad turística llena de donostiarras que piensan en hacer turismo, en escaparse, o como apunta Hesse: soñar con el romanticismo de la huida, de la aventura. Porque está en nuestra esencia, somos búsqueda, curiosidad, espera, deseo. Y el verano es la excusa para volcar todas nuestras ansias, olvidarnos de las rutinas y los días grises bajo nuevos cielos; y el camino, como nuevos Kerouacs on the road, con ese run-run que intuimos, y que tan bien explica Montaigne “A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de qué huyo, pero ignoro lo que busco”. Hay que buscar una salida, planificar la evasión.

Podemos darnos a rebuscar en webs trivaguicobookingnianas, o adentrarnos en las sendas del cheque en blanco y Dios nos coja confesados de las agencias de viajes, pero yo vengo a hablar de
mi libro, de los libros, de todo un mundo perfecto, infinito, y barato, al alcance de la mano, justo a la vuelta de la esquina, o delante suyo, sí, justo ahí: su librería, su biblioteca.

No, no me miren así, si están leyendo esto ya saben que aquí lo libresco es la medida de todas las cosas. Se siente. Y además, después de mirar su cuenta bancaria, sé que acaban de sentarse en el sillón y pensar que quizás no es tan mala idea, o la única. La crisis, ya se sabe, y los niños, y qué hacemos con la abuela, y el perro. Calma, ahora le llaman nesting, que suena moderno, pero que es un quedarse en casa, y es muy parecido a la palabra inglesa nestling (“pajarito en el nido”, o cuando el polluelo no puede volar). ¿Pero quién dice que no podamos volar sin salir del nido? Sólo hay que levantar la mano, abrir un libro, y ¡zas!.

Podemos dar un paso más, porque al fin y al cabo, viajar puede ser un estado, un estar, o como dice Henry Miller, “Nuestro destino de viaje nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas”. Puntuamos doble, con la lectura viajamos sin movernos, y además nos preparamos para nuevos viajes, o nuevas vidas, incluso las nuestras.

Que si no me creen recurrimos a la autoridad de un santo, San Agustín, que también lo tenía claro “El mundo es un libro, y aquellos que no viajan solo leen una página”. Por eso, les propongo una serie de títulos, de autores, de páginas sin fin para quedarse en el sillón intentando pasar los días, o acompasar el rumor de las olas o del tren, para los afortunados.

Que les parece si empezamos con un primer destino, EL destino turístico rey, nuestros vecinos: Francia. Pero nada de camping en Arcachon o helados por Hendaya, puestos, lo mejor de lo mejor:
París con Modiano, o pasando por la Riviera francesa con Dreyfus -no, no ese Dreyfus, espera-.

Si hay alguien que ha sabido hablarnos de París, del París oculto, del de las callejuelas y sus secretos, del de las deudas pendientes con la historia francesa, en especial de la vergonzosa etapa de la ocupación nazi -la del colaboracionismo, la persecución judía, las intransigencias e hipocresías-, ese es el premio nobel, Patrick Modiano, del que tenemos la suerte de ver editado su último libro Joyita, en editorial Anagrama. Como en buena parte de su obra, en este libro vuelve a jugar con su propia infancia, con las nostalgias, con las pérdidas, con la falta de identidad y de asideros familiares, con el vagar por geografías parisinas de malvivir, pero que gracias a su austeridad de lenguaje y sentimiento, consiguen llevarnos al eterno drama del ser, y del seguir siendo sin aspavientos, y rodeado de un misterio vivo, centrado en un joven que busca a su madre perdida hace años. El viaje con Modiano es siempre real, sereno, y yo diría que necesario.

Y siguiendo con este revisionismo personal en tiempos convulsos, tenemos otro libro especialmente curioso también en editorial Anagrama, el de la escritora -también de origen judío, como Modiano- Pauline Dreyfus (ves, este Dreufus, no el famoso militar judío y demás, que por cierto se cita en el libro), con un curioso Son cosas que pasan. Al igual que Modiano, vuelve a la época de la ocupación nazi de Francia, pero se aleja de los bajos fondos, y nos lleva las grandes familias y riquezas francesas que o estuvieron de acuerdo con Petain y su Vichy, o se refugiaron en sus mansiones de la Riviera francesa a ver pasar los días hasta el fin de una guerra que parecía no ir con ellos. En este caso Pauline da una vuelta de tuerca, pues de golpe sitúa en el centro de toda esa hipocresía y rancios abolengos el tema de la identidad -personal y nacional-, jugando con la ineptitud de buena parte de los grandes de pedrigrí y las manchas judías, y su posición vital frente a su país y la empatía frente al dolor de un pueblo, frente a lo verdaderamente humano. No se pierdan este carrusel de emociones contenidas, por el que pasean Édith Piaf, Coco Chanel, Jean Cocteau o Buñuel.

Pero si lo que queremos un versión más liviana y sin dramas, un versión inglesa de una novela río con toques de detallismo y grandes familias a lo Proust, con la elegancia de esos retiros veraniegos británicos en los despreocupados años de entre guerras, tenemos que celebrar que editorial Siruela haya rescatado las míticas crónicas de los Cazalet de Elisabeth Jane Howard en Los años ligeros. Heredera de la mejor tradición narrativa inglesa, con estas crónicas nos traslada a esa Inglaterra victoriana que va perdiendo su brillo y maneras clásicas, y que aún remolonea en una indolencia de criadas y señoras, de fiestas y picnics, de un disfrute continuo mezclado de pasiones, envidias y correcciones hipócritas, antes de nuevas guerras y el fin del imperio y los años felices, ligeros. Refinada, elegante y esencial para comprender y disfrutar de una época irrepetible.

Siempre podemos optar por cogernos unas vacaciones en otros dos destinos clásicos: Viena y Praga. Y que mejor que hacerlo con uno de los mejores escritores centroeuropeos de la primera mitad del siglo XX, el escritor de origen sefardí Leo Perutz, destacados activo cultural de ese periodo inmensamente rico, en el que frecuentó charlas y debates con Kokoscha, Robert Musil o Bertolt Brecht. Editorial Asteroide ha rescatado recientemente dos obras suyas, El maestro del juicio final, una obra que me mueve entre lo policíaco y lo fantástico, en un caso de misteriosas muertes y un engendro asesino de tintes clásicos por las calles de Viena; o su maravillosa De noche, bajo el puente de piedra, 14 relatos interconectados ambientados en la fascinante Praga del siglo XVI, donde el excéntrico emperador Rodolfo II se verá relacionado con rabinos, la cábala, alquimistas, ricos judíos y místicos misteriosos, que hacen un relato que fue admirado por maestros como Borges o Graham Greene.

También en Editorial Asteroide, un imprescindible es la tremenda novela del esloveno Goran Vojnovic, que no nos hará volver a los tiempos de la antigua Yugoslavia con su Yugoslavia, mi
tierra, pero no para pasear por unos hoy turísticos Balcanes y las murallas en Dubrovnik, sino para volver al pasado y comprender el delirio que estaba por llegar. Y para muestra un arranque: “Al buscar en Google el nombre de su padre, un oficial del Ejército Popular Yugoslavo que supuestamente había muerto durante la guerra de los Balcanes, Vladan Borojevic descubre por sorpresa no solo que está vivo, sino también que ha sido acusado de crímenes contra la humanidad”. Creo que no hace falta más para saber que esto promete emociones fuertes.

Si queremos huir del ruido de la guerra, que mejor que optar por otro destino turístico mágico: el refinado, delicado, y a la vez volcánico, Japón. Para ello podemos elegir otra de las joyas que engalanan las novedades en nuestras librerías, y que no es otra que la bellísima edición -qué cubierta, qué maravillosas elecciones siempre tiene editorial Nórdica-, con la obra de Aki Shimazaki y su Hôzuki, la librería de Mitzuko. Esta escritora japonesa afincada en Canadá nos regala la historia de Mitsuko, que tiene una librería especializada en filosofía, y que regenta junto a su madre y Tarô, su hijo sordomudo, pero que abandona por las noches para trabajar de camarera en un elegante bar de alterne. La entrada en sus vidas de una distinguida señora y su hija harán temblar las relaciones familiares, y nos llevará por un fino recorrido de relaciones, amores y lazos, por un lenguaje poblado de riqueza y profundidad, para hablarnos de la sensibilidad femenina, del lenguaje, del amor, y de la búsqueda del hogar.

Y si nos gustan las islas, que mejor que abandonarnos a un verano en una paradisíaca de la costa atlántica, volver a los años 60, en familia, y dejarnos mecer por las olas de las pasiones. Todo esto podemos encontrar en Agua salada, de Charles Simmons, editado por Errata naturae, en la que jugando con la famosa novela Primer amor del ruso Turguénev, lo que parece unas tranquilas
vacaciones de un matrimonio con su hijo adolescente, se acaba convirtiendo en un torbellino de pasiones, deseo, y muestra de la complejidad de las relaciones padre-hijo, de sus desengaños y
cicatrices. El amor en todas sus versiones, bajo el siempre peligroso son del verano.

Y si hemos citado a un ruso, que mejor que terminar nuestro viaje yendo a la Santa Madre Rusia, abandonando los calores sureños, para arrojarnos al ardor de un clásico de todos los tiempos: la
nueva traducción de la impecable Yevgueni Oneguin de mi amantísimo Alexandr Pushkin. Y es que la editorial donostiarra Meetok ha tenido la valentía de editar una nueva traducción, en edición bilingüe, que, como señala el editor, “presenta por primera vez al lector hispanohablante la versión original y restituye, debidamente señalados, los textos eliminados por la censura. Ofrece, además, los capítulos que el autor dejó inacabados y un anexo con variaciones y esbozos”. Que maravilla que haya editores así, que tengan el coraje y el capricho de devolvernos esta desbordante historia de amor y desamor entre el veleidoso dandy Oneguin y uno de mis personajes femeninos preferidos, el de Tatiana, que devolverá, tras el cruzar de pasiones y duelos con el poeta Lensky, la cordura y la dignidad a una historia que nos habla del amor romántico, del real, y de una época mitificada como aquella Rusia zarista repleta de pasiones arrebatadas y convenciones que se debaten entre el alme slave y las maneras románticas europeas.

Dejo que Pushkin, con sus versos, nos despida, como lo hace en su obra, hablándonos directamente, animándonos a marchar serenos para elegir por nosotros mismos nuestros destinos, veraniegos o
vitales:

“Quienquiera que seas, lector,
amigo o enemigo, quiero ahora
despedirme amistosamente de ti.
Adiós. No quisiera que
hubieras buscado de mí en estas estrofas descuidadas
recuerdos apasionados,
descanso después del trabajo,
cuadros llenos de vida, palabras punzantes
ni errores gramaticales.
Quiera Dios que en este libro
hayas podido encontrar siquiera algo
para tu entretenimiento, tus sueños,
tu corazón.”

Felices lecturas, viajes, reencuentros, vidas, y sobre todo sueños, porque como dijo Fernando Pessoa “El hombre es del tamaño de su sueño”.


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