por Adolfo López Chocarro
Ilustración: Lola Gómez Redondo
22 Jun.17

“El fin de toda buena música es afectar al alma.”

Los canales de la Serenissima Repubblica di Venezia. Aquella ciudad-estado que durante más de mil años fue centro de referencia política, comercial y cultural de todo el Mediterráneo, ha tenido a lo largo de su desconocida historia la suerte de ver nacer y florecer a ilustres artistas que engrandecieron su fama e influyeron en todo el continente con sus avances, su belleza y refinamiento, su misterio: el fascinante Casanova, el revolucionario arquitecto Andrea Palladio, los pintores Tiziano, Tintoretto o Giorgione, viajeros como Marco Polo, músicos como Vivaldi… El listado de ilustres es grandioso, y convertirán sus grandes celebraciones, sus bailes palaciegos, los carnavales, los cantos en sus iglesias, sus óperas, en algo que los turistas de hoy -físicos o literarios-, admiran aún asombrados.

No siempre la demasiada historia deja sólo ruinas o condenas, y la república italiana es sin duda una de las grandes joyas de la corona europea, y estos días está de celebración musical para engrandecer a uno de sus hijos adoptivos más ilustres, el compositor de Cremona Claudio Monteverdi, del que celebramos el 450 aniversario de su nacimiento, y del que hemos tomado la cita que arranca este artículo.

Uno de los grandes directores y organistas, Ton Koopman, responde a la pregunta de qué opina de nuestro músico con un “¿Monteverdi? En mi opinión, el más grande compositor de la historia de la música. Después de Bach, por supuesto”. Sí, aquí el que escribe hubiese puesto también ese apostillado -y añadido un par de nombres-, pero no hay ninguna duda de que la música europea no hubiese sido la misma sin una figura gigante como la de Monteverdi, ya que será el adalid para llevar la música renacentista al barroco, del polifonismo y los madrigales, a otra dimensión
compositiva y sobre todo lírica, ya que es el padre, entre otras cosas, de la Ópera, de la música de la emoción, de la melodía nueva.

Este artista que se moverán en los cultivados ambientes renacentistas de las grandes familias italianas, como los Gonzaga o los Médicis, dará a luz la famosa “Orfeo”, una fábula en música: el primer drama musical de lo que hoy entendemos por ópera, estrenado en 1607. No puedo reprimir mi emoción al hablar de ella, pues es, además de un fetiche musical por su belleza y perfección, una de los historias mitológicas que más me han fascinado y acompañado: la famosa y triste historia de amor trágico de Orfeo y Euridice.

Además de la suerte de representaciones que el mítico director John Eliot Gardiner va a realizar de sus 3 óperas conservadas, en no menos mítica La Fenice de Venecia -de las que dicen que en versiones entre el concierto y la representación operística tradicional, recupera sus grandiosa sonoridad y maestría en instrumentos de época, apostando por un tempi lento, que abandona las ansias de sus primeras grabaciones, y se deja llevar por la magia del canto hablado, del regusto magrigalístico de la época (aquí una muestra de este Orfeo) -, y de las recuperaciones y nuevas grabaciones musicales -les recomendaría el acercamiento de Rinaldo Alessandrini a sus madrigales más famosos, los de los libros III y VIII (y aquí muestra del fascinante “combattimento” del octavo) -, en nuestro cosmos editorial tenemos la fortuna de contar con alguna novedad literaria maravillosa relacionadas con el cremonés.

En esa suerte de encuentros que cada vez son más habituales, editorial Nórdica junto a ediciones La Cúpula, editan un texto que muchos ansiábamos ver reeditado, el Órficas, de Francesc Capdevilla, más conocido como Max, y reconocido por su faceta como ilustrador para revistas míticas como El Víbora o sus colaboraciones para la sección literaria de “El sillón de orejas” de El País.

En esta preciosamente ilustrada edición, se reúnen nada menos que el texto que el propio Max escribió para la exposición que le encargaron sobre el mito griego desde la Diputación de Sevilla, una versión en cómic de la triste historia, y el libreto completo de la ópera de Monteverdi. Fascinante el texto de Capdevilla, inspirada narración que nos guía por el mito, por su propia obsesión con la figura de lo que representa Orfeo, y con una recolección magistral e ilustrada de citas de los grandes autores greco-latinos. Uno no puede dejar de salir letraherido y compartir la atracción por la historia de amor truncada entre el glorioso Orfeo, que baja a buscar a su amada Euridice muerta hasta el mismo infierno, y que a pesar de recuperarla gracias a su música, la perderá definitivamente ante la treta de Plutón y Proserpina. Perderse esto sí debería estar penado, no digo más.

Pero es que además, el erudito humanista navarro Ramón Andrés, en la siempre perfecta editorial Acantilado, nos ha regalado un breve ensayo imprescindible: Claudio Monteverdi «Lamente della Ninfa». Este pamplonés nos tiene habituados a maravillosos ensayos filosóficos o musicales -como su tremendo Diccionario de instrumentos musicales o su grandioso estudio de Johann Sebastian Bach, ambos también en Acantilado-, y que en esta novedad nos hace un recorrido por uno de los madrigales (la composición profana a varias voces e instrumentos de mayor auge en el siglo XVI europeo) más famosos y emotivos del maestro Monteverdi. Además de hablarnos de la triste
historia de la ninfa que ha perdido su gran amor, de sus grandes hallazgos musicales -como su perfecto lirismo teatral o las libertades rítmicas-, Andrés tiene la capacidad de sumergirnos en toda ese periodo renacentista, en todas las mitologías greco-latinas, en un alarde impecable de erudición y divulgación. Escuchar la pieza acompañado de este texto es algo que quien lo probó lo sabe: gloria. Pulsen, y escuchen la versión de Emma Kirby.

Reconozco que para depende que periodos musicales hay que acostumbrar o educar el oído, para así saber sacarle toda su belleza y grandeza, en especial en lo que representa de innovación para una época, pero Monteverdi es belleza cercana, y si tienen tiempo y valentía, pueden internarse en la única biografía disponible en España del maestro, como no en editorial Turner,- que tiene los mejores fondos musicales clásicos junto con Akal- de la mano del experto Paolo Fabbri.

Pero Venecia no sólo tuvo a un semidiós musical, tuvo al mismísimo príncipe de los editores, pues se convirtió en el auténtico centro impresor del mundo, y durante el siglo XVI las imprentas italianas llevaron el espíritu del Renacimiento a todos los rincones europeos, tumbando con ello los restos del orden medieval. “Armadas de papel, tinta y comercio, la Serenísima República desató la revolución del libro”. La cita es del erudito libro editado por la muy reforzada y creciente editorial Malpaso, “Los primeros editores” de Alessandro Marzo Magno. En este libro para bibliófilos y aquellos que quieran acercarse a los albores de la imprenta, además de ver los grandes hallazgos y las maravillosa primeras ediciones del Talmud, el Corán, o los textos greco-latinos, encontrarán la historia del grande entre los grandes, el genial Aldo Manuzio, el editor que revolucionó y dio forma al libro tal y como hoy lo conocemos, pues teniendo como meta la ergonomía lectora, introdujo avances como el libro de bolsillo, la utilización de lenguas vernáculas, inventó la letra cursiva o la utilización de la coma curvada, el punto y coma, la tilde o el apóstrofo. Si Gutenberg fue el innovador técnico, Manuzio llevo la imprenta y la edición a la modernidad. Los libreros lo tenemos en el santoral para celebrar fiesta de guardad, créanme.

Como ven, en este tórrido mes de junio, pueden darse un buen chapuzón en los canales venecianos, con sus góndolas, sentados frente a San Marcos o el puente de los enamorados con joyas como estas, los ecos musicales de Monteverdi de fondo, y despertar su curiosidad por músicas perfectas, y hasta, quién sabe, sentir el deseo de arriesgarse a curiosear en los próximos conciertos de nuestra ciudad, o de la Quincena, donde por cierto, en su ciclo de música antigua, tienen uno perfecto “Bach en Venecia” gracias el grupo Insieme Strumentale di Roma -con obras de Dall’Abaco, Albinoni, Bach y Vivaldi-, o el específico que celebra el 450 aniversario del nacimiento de Claudio Monteverdi, con el maestro López Banzo dirigiendo a Vozes del Ayre, que ha indagado en la música vocal de cámara del compositor italiano, junto a contemporáneos suyos como Frescobaldi y Rossi.

Y me despido, entre pastores y ninfas, celebrando a Orfeo, al Amor y a gigantes como estos,
cantando el famoso coro del primer acto de la fábula:

“Ven, Himeneo, ay, ven,
y que tu ardiente antorcha
sea casi un sol naciente
que traiga a estos amantes días serenos;
y aleja ya los horrores
y las sombras del dolor y el sufrimiento.”

Felices lecturas, bailen, amen.