por Aitor Ventureira
Ilustración: Santiago Farizano
24 Ago.17

Los Pirineos

Los Pirineos, esas mágicas montañas, emblemáticas, majestuosas, sobrecogedoras, montañas en las que muchos de nosotros hemos saboreado el poder y la fuerza de las grandes alturas, y que muchas de ellas, forman ya parte intrínseca de nosotros mismos. Quiero pensar que parte de lo que somos se lo debemos a ellas, a su magia, a su fuerza y a todo lo que nos han enseñado vagando por sus alturas. Nosotros tenemos nuestro Pirineo, chiquito, acogedor, hermoso, el Pirineo que se asoma al Océano con suaves formas, montañas accesibles, collados abiertos a los vientos, frondosos bosques mágicos y profundos valles que esconden telúricos secretos, y viejas leyendas contadas, durante siglos, al amor de la lumbre.

Hoy caminaremos por uno de los paisajes más hermosos de nuestro Pirineo, acariciaremos con nuestras botas una suave loma que nos llevará a la cima del pico Mondarrain, una, montaña preciosa que esconde, en sus rinconcitos, viejas leyendas de nuestra mitología, pequeños rincones que nos ensancharan el alma.

Mondarrain o Arranomendi, en euskera, que bien pudiera traducirse como la Montaña del Águila, alza su majestuosidad entre los ríos Errobi y Sarakarria (Nive y Nivelle en francés). Una montaña, perfectamente visible desde muchos puntos de la tierra de los vascos, es fácil identificarla pues tiene una forma característica, gracias a las ruinas medievales que guarda en la cima, y gracias, también, a su composición geológica. Y es que su cima, esta formada por cuarcitas, erosionadas por coladas de materiales, que se originaron al moverse el terreno cuando se fusionaron los hielos postglaciales. Mondarrain se abre a todas las direcciones, presentando un espectáculo de montañas y barrancas sublime, ante nuestros ojos, se presentan, desde el Larrun, hasta el Cantábrico, pasando por los Pirineos que ya empiezan a acariciar, alturas superiores a los 2000 metros. Muchas son las rutas que nos acercan a su cima, quizás una de las más transitadas sea la que parte desde la pequeña aldea de Laxia, o desde Ezpeleta, también se accede desde Itsasu o desde la deliciosa Ainhoa. Sin embargo, hay una preciosa ruta, un poco más corta, pero, que a cambio, nos regalará unas hermosas vistas del Pirineo durante todo el trayecto, nos regalará la oportunidad, única, de caminar despacio por el lomo de Bizkar Luze, dejándonos acariciar por el susurro del viento.

Para acceder a este pico, debemos llegar al pequeño núcleo rural de Laxia, perteneciente a la localidad labortana de Itsasu, Itxassou en francés. Para llegar a este bucólico rinconcito, debemos pasar por el estrecho desfiladero de Atekaitz, que esconde una leyenda vinculado al gigante Roldán. Este ser entre la historia y la mitología era el sobrino de Carlomagno, y cuentan las crónicas que fue muerto en la batalla de Roncesvalles, la mentalidad popular, a lo largo de los siglos, lo fue convirtiendo en un ser de fuerza descomunal, vinculado a figuras mitológicas como Sansón o a los Jentiles. Encajonada entre la sinuosa carretera y el rio Errobi, encontramos una enorme piedra en medio del camino, con un agujero en medio, la leyenda cuenta que el gigante fue el autor, quien lo hizo dando un puñetazo a la roca.

Tomamos una pista asfaltada que se dirige hacia Artzamendi, y el importantísimo collado de Meatse, lleno de megalitos, antes de alcanzarlo llegamos a otro collado conocido como Col des Meaux, abandonamos aquí la ruta hacia Artzamendi y nos dirigimos hasta el collado de Gorospil o Mugekolepo, punto de inicio de nuestra ruta. Nada más calzarnos las botas, nos topamos de frente con el monolito de Gorospil, una enorme losa de arenisca rosácea, tumbado allá en medio de las praderas. Mide unos 3.35 metros de largo y presenta huellas de labra, probablemente fuera un mojón pastoril, aunque tanto su posible forma antropomorfa como los extraños símbolos grabados en él, parecen susurrarnos desde la lejanía de los tiempos, que su función pudo ser otra, que sólo el conoce. El monolito, presenta también marcas más recientes, fruto de una profunda ignorancia y falta de respeto hacia lo que nuestros ancestros nos han legado. Seguimos, dejamos en su feudo al misterioso monolito, allí en su privilegiada atalaya, guardando sus secretos más ocultos, reservados para él mismo, aunque, por suerte, ha compartido con nosotros parte de su ancestral magia. Subimos a lo alto de Bizkar Luze, es un auténtico placer acariciar con nuestras viejas botas, este cordal abierto a los vientos, seguir por cualquier sendero que acaricie su lomo tapizado de verde, es una delicia elegir nuestra senda, no seguir caminos marcados ni pintados, caminar libres por nuestras mágicas montañas. Al fondo ya vemos el objetivo del día, el Mondarrain, agazapado tras el pico Urresti, tras disfrutar de este largo espinazo, tapizado de verde, descendemos al collado de Zuarreta, importante cruce de caminos, donde se localizan variso cromlechs. Hasta aquí llega un camino balizado con marcas de GR, que podemos utilizar para el regreso y que bordeando la loma de Bizkar Luze, evita subir de nuevo la colina. Desde aquí vamos ganando altura por una suave senda bien marcada, que bordea la cercana cima de Urrezti, alcanzamos así un colladito entre ambas cimas, desde el que buscamos un sendero entre las piedras que nos deja en la cima de Mondarrain.

El espectáculo es magnifico, nos deleitamos con los mil y un picos que se presentan ante nuestros ojos, el Artzamendi con el collado de Meatse y el Eguzkimendi, el Larrun, más allá los montes de Baztan, las cimas pirenaicas, el sublime Océano, podría pasar horas aquí, dejándome acariciar por el viento, escuchando el susurro milenario de las montañas. Pero además de toda esta telúrica belleza, Mondarrain guarda el secreto de nuestra vieja mitología, de las viejas leyendas de los vascos.

Cerca de la cima se abre una cueva, que según cuentan, es la morada de las lamias, y que comunicaba subterráneamente, con el caserío Eiheraxarra y la casa torre de Jauregia, que se localizan en el pueblo de Ezpeleta, camino por el que las lamias subían y bajaban de su morada en las montañas En el interior de la caverna, se dice que hay grandes huecos donde se pueden refugiar rebaños enteros de ovejas. Las lamias son seres mitológicos con forma femenina, pero pies de pato, y que acostumbran a peinar sus largos cabellos con un peine de oro, suelen tener contacto con los humanos, que si bien, en ocasiones, dan buen resultado, generalmente acaban bastante mal. Un antiguo cuento nos relata una vieja historia acaecida aquí, con las lamias de esta cueva como protagonistas:

“Un pastor que pasaba cerca de la cima de Mondarrain, vio como las lamias peinaban sus cabellos con un peine de oro, en la boca de la cueva. El pastor robó el peine y huyó a la carrera, seguido por una lamia, el genio, estaba a punto de darle alcance, cuando el pastor llegó a una zona conocida como Xaastiko-harria, lugar bastante soleado, por lo que la lamia detuvo su carrera y dijo al pastor:
Gracias puedes dar a ese que te ha tocado.
Hacia referencia al sol, pues muchos son los númenes que no tienen poder donde toca el astro rey. Otras versiones de este cuento sustituye las lamias por Basandere, la mujer del bosque, compañera de Basajaun.”

La siguiente leyenda también hace referencia a las lamias de Mondarrain:

“En una ocasión, las lamias secuestraron a un muchacho de Ezpeleta y lo llevaron a su antro. Un cura acudió a la caverna para rescatar al chico, entrando en la caverna con un crucifijo en una mano y una hostia consagrada en otra, sin conseguir su objetivo. Al salir una voz dijo desde el interior de la sima
– Gracias puede dar a eso que llevas en la mano y más gracias al que llevas en el pecho, de lo contrario hubieras tenido que quedar aquí.
El chico siguió preso”.

Sentado en la boca de la cueva de Mondarrain, se respira un algo inexplicable, es un lugar lleno de una magia telúrica, lleno de la magia de los viejos cuentos y leyendas, de los lugares especiales de nuestras montañas, pienso en estas viejas historias, que han pasado de boca en boca desde lo más profundo del tiempo, y que hoy tenemos que cuidar y mantener, ya no al calor del fuego como antaño, pero de otra forma, debemos guardarlas para nuestros hijos, para que los puedan saborear aquí, dejándose acariciar por el viento de las montañas..

Tengo que abandonar Mondarrain, su pétrea cima parece decirme que vuelva pronto, que él seguirá allí, como siempre, esperando poder susurrarme todos sus místicos misterios, sus viejas historias, sus rutas magnéticas.

Es la magia de nuestras viejas montañas, de sus gentes y de quienes nos acercamos a ellas con ganas de saber de sus secretos antiguos como el tiempo. A cambio nos regalaran su caricia telúrica, nos harán vivir experiencias que difícilmente olvidaremos y quedaran guardadas en nuestro ser de forma indeleble,