por Aitor Ventureira
Ilustración: Lola Gómez Redondo
22 Feb.18

Balzola y Jentilzubi, bellos parajes mágicos

La vieja tierra de los vascos, esconde lugares que se dejan mecer por los vientos mágicos de nuestra arcaica mitología. Pequeños rincones, humildes, pero profundamente bellos y enormes en su antiguo bagaje cultural. Preciosos parajes bañados por las brumas enigmáticas de nuestros bosques, que se agazapan al abrigo telúrico de nuestras montañas sagradas, paisajes del alma que nos invitan a caminarlos sin prisa, siguiendo su esencia ancestral.

Uno de estos rinconcitos, cuyo nombre nos susurra la esencia más ancestral de nuestra mitología, es Dima, un bonito pueblo del interior de Bizkaia, que se agazapa al abrigo de dos de nuestras grandes montañas mágicas, Gorbea y Anboto, morada de la diosa Mari. En uno de los barrios de esta población, se esconde un paraje de intensa belleza cargado de mitos, un paraje en el que moran los jentiles, las lamias el terrorífico Sugoi o el genio Mikelatz.

Para llegar a este entorno singular, nos situamos en el núcleo principal de Dima, para continuar por la carretera que une esta localidad con la vecina Otxandio, al comenzar el ascenso al puerto de Dima, unas señalizaciones, nos indican el camino a seguir, en dirección al barrio de Indusi y las cuevas de Baltzola. Seguimos por esta carretera y tras pasar junto a la ermita de San Francisco de Olabarri, alcanzamos el núcleo de casas del propio barrio de Indisu, donde aparcamos en una zona habilitada junto al riachuelo. En la parte alta vemos un caserío enmarcado por bellas montañas calizas, se trata del caserío Gibeltar hacia el que caminamos por un carretil asfaltado que asciende hacia él. Un poco antes de llegar, al caserío, el asfalto se convierte en sendero y desciende hacia el barranco de Kobalde hacia nuestra derecha. Cruzamos una langa y un puente y nos situamos, directamente, en el barranco, nos hallamos inmersos en un paraje magnifico, mágico, un paraje en el que, cada rincón, esconde mitos y viejas creencias. Vemos ya uno de los objetivos de la ruta de hoy, el arco natural de Jentilzubi, pero antes de llegar a él y escuchar las viejas leyendas que esconde, nos acercamos al abrigo de Axlor.

Una verja salvaguarda este importantísimo yacimiento arqueológico, que data del musteriense, y que lo descubrió don Joxe Miguel de Barandiarán, allá por el año 1932, y excavado por el propio sabio de Ataun, entre los años 1967 y 1974, para retomar las excavaciones en el 2000 y 2007. Los hombres y mujeres neandertales que ocuparon Axlor allá por el 42.000 a.C., dejaron huellas de su vida cotidiana en este rinconcito, en el que se han descubierto restos humanos, así como una importante industria lítica.
Continuamos nuestro camino para alcanzar el magnifico puente pétreo de Jentilzubi, un impresionante arco natural que destaca en el barranco. Se trata de la antigua entrada de alguna cavidad allí localizada, y que, quizás, comunicara con la cercana cueva de Baltzola, pero debido a algún derrumbe, quedo aislado, pudiendo verlo tal y como hoy se nos presenta.

Es un lugar profundamente enigmático, donde el viento nos contará las viejas historias de jentiles y lamias que habitaban por aquí. Un lugar mágico, bello, sublime y magnético. Cuentan las viejas leyendas, que los jentiles, esos seres habitantes de nuestras montañas, de fuerza y envergadura descomunal, moraban por estos lares, y utilizaban el arco de piedra para cruzar de un monte a otro, de aquí su nombre. Otra leyenda nos cuenta lo siguiente:

Una vecina del caserío Gibeltar, cercano a Jentilzubi, cuidaba de sus vacas, cuando vio a una lamia, peinándose sentada junto al arco. Las lamias son seres con cuerpo de mujer y pies de pato que dedican su tiempo a peinar su largo cabello con un peine de oro junto a los ríos donde moran. Pues bien, al genio se le cayó el peine, y la señora de Gibeltar lo cogió y llevó a su caserío. Desde ese momento, todas las noches, la lamia se acercaba al caserío y gritaba –Emaidezu orrazie, espabe kenduko dotzut bizie- (Dame el peine, si no, te quitaré la vida). La señora tenía miedo de acercarse a Jentilzubi, y siguiendo un consejo, siempre llevaba con ella un rosario en la mano. Un día se topó con los genios que le dijeron –Orrek bota egisuz- (Arroje esas cosas), pero ella continúo con el rosario y los genios no pudieron hacerle nada. Pero las lamias seguían acercándose al caserío y espiaban y se burlaban de las mujeres que hilaban en la casa,, hasta que un día el señor de la misma decidió disfrazarse de mujer y esperar a que los numenes se acercaran. Estaba en estas el etxekojaun, disfrazado de mujer en la cocina haciendo que hilaba, cuando se presentó una lamia que le dijo –Bizarrak eta goruetan? (Con barbas e hilando?)- El hombre aprovechó el momento para clavar a la lamia un hierro candente en el ojo, el genio no volvió más por Gibeltar.”

Sentados bajo el arco de Jentilzubi, disfrutamos de estos viejos cuentos, en un paraje privilegiado, que nos ofrece la posibilidad de acariciar nuestros viejos mitos con los dedos. Pero aún tenemos muchos secretos que descubrir, debemos seguir buscando los parajes de nuestra mitología. Continuamos por el camino en dirección a una de las bocas de la cueva de Baltzola, pero la dejamos a un lado para ascender a nuestra derecha por una pronunciada pero corta subida que nos lleva hasta una preciosa explanada. Es aquí donde abandonamos la pista por la que caminábamos y buscamos el cauce del riachuelo, que nos llevará hasta el túnel natural de Abaro. La galería, también conocida como Behilekue, tiene unos 80 metro de largo, y se puede cruzar sin más problema que pisar agua en época de lluvias, a cambio nos encontraremos en un lugar precioso, un agujero horadado en la montaña por la paciencia de los siglos y del agua. Tras cruzar el túnel, llegamos a la entrada de la cueva de Baltzola. Ante nosotros se abre el impactante paisaje de la boca de la caverna, nos sentimos diminutos ante la majestuosidad de la naturaleza que ha creado este singular paraje mágico. Esta caverna servía de morada a la diosa Mari y su marido, el terrorífico Sugoi, una enorme culebra de aspecto aterrador, así como a uno de los hijos de ambos, Mikelatz.
Mari es la principal deidad del olimpo vasco, moradora de varias cavernas en las montañas vascas, y que representaría el mito de Ama Lurra, la Madre Tierra.

Una leyenda nos cuenta como dos hermanos del caserío Iturribeiti de Dima, vieron a Sugoi en la cueva de Baltzola, uno de ellos cortó la cola del genio de una pedrada, conducta que el otro hermano desaprobó. Paso el tiempo, y el hermano más compasivo, estaba lejos de su tierra con una profunda nostalgia, misteriosamente fue transportado por un desconocido hasta la cueva de Baltzola de forma instantánea. Al despedirse en la boca de la caverna, el hombre misterioso le entregó un cofre de oro para él y un ceñidor rojo para su hermano, quien no se lo quiso poner, entonces, ataron el ceñidor a un nogal junto a su casa, al instante, el árbol se incendió dejando una profunda sima en su lugar.

Si el miedo a Sugoi, nos lo permite, podemos introducirnos en la cavidad que se cruza sin dificultades, aunque es aconsejable llevar una linterna, y caminar con cuidado pues es terreno resbaladizo, el camino nos llevará hasta la salida que hemos dejado anteriormente a la izquierda. Una pequeña gran aventura en los interiores de nuestra tierra. Un sendero en descenso nos devuelve a la pista que va a Jentilzubi.

Regresamos con la satisfacción de haber caminado por un lugar mágico, misterioso y profundamente bello, un paseo apto para todo el mundo y que nos permite conocer uno de los parajes principales de la vieja mitología de la tierra de los vascos.

Tal vez, sólo seamos perseguidores de la esencia de un mundo que se escurre, buscadores de viejos cuentos que, de forma sibilina, nos atraen, para descubrirnos estos pequeños parajes ocultos, secretos, misteriosos y mágicos. Tal vez solo seamos unos soñadores que nos resistimos a dejar que nuestras raíces sean cosas del pasado o de un museo, unos humildes perseguidores de sueños.
Tal vez sólo seamos unos vagabundos de montañas que escuchamos la hojarasca bajo nuestras viejas botas, el susurro de la brisa que baja de las montañas para acariciar nuestra alma, unos vagabundos que nos dejamos envolver por la misteriosa bruma de los bosques. Es posible, pero seguiremos persiguiendo al viento, libres por los collados, abrazando los viejos y sabios árboles de nuestros profundos bosques mágicos, meciéndonos en las olas de nuestro océano, dejándonos embaucar con los cuentos misteriosos de nuestra vieja mitología