por Aitor Ventureira
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Por los senderos de Basajaun es un blog de Donostitik.com

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Ilustración: Lola Gómez Redondo
20 Mar.18

Sansonarri. O la libertad de las montañas

El cordal de Adarra-Mandoegi, se alza majestuoso, sobre mágicos y profundos bosques misteriosos, sobre barrancas insondables, y sobre ríos caudalosos, que buscan incesablemente la energía telúrica del Atlántico. Sobre sus collados, acariciados por todos los vientos, nuestros antepasados de la Edad del Hierro, ubicaron círculos pétreos, conocidos como cromlechs (palabra bretona compuesta por Kroum = corona y lech = piedra), para que albergaran las cenizas de sus difuntos. Pero, como no podría ser de otra manera, nuestros antepasados también ubicaron allí, al calor de las montañas, las viejas historias de la mitología, antiguas leyendas que esperan a que nos acerquemos a su esencia mágica con el ánimo de conocer de sus secretos. Seguro que no nos defraudaran, pongámonos en marcha.
Hoy os propongo visitar uno de estos rinconcitos, un lugar que alberga una pequeña dosis de la esencia de nuestra mitología, un sitio que prácticamente pasa desapercibido a los ojos de los caminantes que pasean por allí. Y es que junto a las peñas de Aballarri, en pleno cordal, se esconde la mítica piedra de Sansón, o Sansonarri. Para conocerla, debemos alcanzar el pequeño núcleo rural de Besabi, ubicado sobre la localidad gipuzkoana de Urnieta, donde aparcamos. Desde allí, un carretil asfaltado alcanza el visible caserío de Montefrío, junto al cual arranca un sendero que tras internarse en un pinar, alcanza en breve un magnifico hayedo trasmocho. La mirada se dirige irremediablemente, casi de forma magnética, hacia una bella montaña que se alza sobre nuestras cabezas, se trata del Adarra. El sendero acaricia el bosque entre las raíces de los árboles, y alcanza, rápidamente, la regata de Sorotxota, desde la que tomando un sendero a nuestra izquierda nos llevaría hasta el collado de Arlegor y a Sansonarri.
Como ven, llegar hasta la mítica piedra es una ruta muy sencilla y apta para todo el mundo, sin embargo, podemos dejarnos embaucar por el susurro de la montaña, dejarnos mecer en sus vientos dulces y magnéticos, dejarnos conquistar por su belleza magnifica y libre, y lanzarnos a conocer un poquito más de este entorno soberbio en el que nos encontramos.
Por ello en Sorotxota podemos abandonar la ruta de Arlegor y dirigir nuestro pausado caminar hacia la derecha, buscando el collado de Belabieta, bajo el promontorio de la cima de Adarra. Desde este punto tenemos dos opciones, alcanzar directamente la cumbre, o bien tomar un sendero que hacia la derecha, nos llevará a uno de los lugares más mágicos y bellos de nuestras viejas montañas, el collado de Etenea.

El sendero discurre inteligentemente por la vertiente oeste del pico, salvando las grandes piedras que pueblan la zona salpicadas entre solitarios acebos, el Tinne de los antiguos celtas, árbol vinculado al solsticio de invierno.
Pronto se alcanza el collado donde se ubica el menhir de Etenea, que forma parte de un cromlech, y que fue descubierto y puesto en pie por Koro Mariezkurrena y Jesús Altuna. Abierto a todos los vientos que lo acarician, el megalito, domina un amplio paisaje de cielos abiertos. Es un paraje profundamente mágico, cargado de esa energía que atesoran estos viejos monumentos de nuestras montañas. Este cordal que hoy caminamos, guarda además otro misterio, y es que marca una frontera invisible, desde este punto y hacia el oeste, la cantidad de cromlechs que encontramos en las montañas es mínimo, mientras que hacia el este hay gran cantidad de ellos, este cordal marcaba, además, la frontera entre vascones y vardulos, estos últimos con un marcado poso cultural celta, quien sabe un misterio más que atesoran nuestras montañas.
La cima de Adarra presenta desde este punto su cara más amable, para llegar hasta ella, sólo debemos alcanzar el collado de la derecha donde se ubican los cromlechs de Tximista, y girando a nuestra izquierda alcanzar su cumbre, ubicada sobre los 819 metros sobre el nivel del mar. La vista es sublime, Aralar en toda su plenitud, Peñas de Aia, Akola, Igoin, Ernio, Gorbea y Anboto, Larrun, toda la costa vasca y landesa, … juego a reconocer estas montañas y valles, viejos conocidos de mis pasos, a los que en muchas ocasiones, he acariciado con mis botas y mi corazón.
Me encanta alcanzar las cimas de las montañas, el momento en que llegas al punto más alto, puede tratarse de una modesta montaña, o de una grande, lo de menos es la altitud de su cima, lo realmente primordial son las sensaciones que te aporta el caminar por sus laderas, la planificación de la ascensión, el camino que te acerca hasta ella, el intentar convencerla de que comparta contigo parte de su magia. Lo importante de una montaña no es la altitud que tenga, sino las emociones, las sensaciones que te aporta al compartir con ella unos instantes de tu vida.
Desde lo más alto del Adarra, un marcado collado se agazapa bajo la cresta pétrea de Aballarri que llama la atención de cualquier montañero que se acerque por aquí, hacia él nos dirigimos, decididamente, por una marcada pendiente que en unos minutos me lleva al collado.
Continamos de frente hasta toparnos, en un recodo del camino, con la piedra de la leyenda, con Sansonarri. Allí, en su rincón, guarda celosamente la historia que cuenta como el gigante Sansón quiso matar a quienes bailaban en la plaza de la localidad navarra de Arano, por lo que lanzó una piedra desde la cima del Buruntza, montaña ubicada sobre Andoain, pero que resbalando en el tiro, el proyectil perdió impulso y quedo aquí, justo donde nos encontramos. Sansón es uno de nuestros forzudos mitológicos, un personaje en el que se mezclan la historia y la leyenda, el gigante fue un juez del Antiguo Testamento, al que los viejos mitos de los vascos, le otorgaron un carácter fabuloso convirtiéndolo en un gigante, que al igual que sucede con Roldán o los jentiles, es responsable de la ubicación de diferentes monumentos megalíticos que salpican nuestras montañas. Sólo resta alcanzar un refugio en el hayedo y retornar a Sorotxota para llegar a Besabi.
De regreso, feliz, saboreo todo lo vivido en la ruta, lo vivido y sentido allá arriba en la seguridad de las montañas, feliz por haber podido acariciar los secretos del Adarra, sus collados abiertos, sus cromlechs misteriosos, sus cima magnética y la leyenda mítica de Sansón, feliz por haber comenzado tan solo con un paso, de sacudirme la pereza y buscar la esencia de esas montañas que me atraen con la fuerza telúrica de los lugares mágicos, feliz de sentirme libre como estos viejos collados, libre de ir y volver, de caminar o pararme, libre de ser.