por Aitor Ventureira
Ilustración: Lola Gómez Redondo
08 Oct.18

Oianleku y Bianditz o mecerse en las alas del viento

Me gustan los espacios abiertos, las montañas altivas, con carácter, que se dejan acariciar por todos los vientos, fundirme con sus crestas herbosas, dulces, amables, mientras el viento acaricia mi cabeza y mis pasos parecen navegar sobre las hermosas lomas.
Me gusta vagar libre por sus cordales abiertos sobre el horizonte infinito, por sus verdes líneas de pastos, por sus collados, por sus senderos que dominan un paisaje estremecedor de cientos de picos y de intrincados valles escondidos al calor de los bosques, acariciar con mis botas la hierba bajo los cielos sublimes de viento sur. Buscar la seguridad de las montañas.
Son muchos los picos que nos regalan la oportunidad de sentir el viento como compañero en nuestro pausado caminar, uno de ellos es Bianditz, una preciosa montaña que eleva sus 841 metros sobre las montañas del recién “estrenado” Pirineo.
Agazapado al abrigo de las laderas boscosas, de esta magnética montaña, se esconde uno de los monumentos más bellos y enigmáticos de nuestra vieja cultura, vinculado por atávicos hilos invisibles, a las viejas historias mitológicas. Se trata del cromlech de Oianleku, un sobrecogedor círculo pétreo colocado allí en mitad de la montaña por nuestros antepasados.
La ruta que les propongo, pretende conocer este milenario megalito, y alcanzar la cumbre del pico Bianditz, pero también pretende disfrutar de la libertad en estado puro, de la libertad arcaica y mágica que nos ofrecen nuestras montañas, de la libertad de los bosques primigenios, de la libertad de disfrutar sin cortapisas del susurro del viento.
Nuestro caminar puede comenzar desde el parking conocido como Kausoro, ubicado en la carretera que desde Oiartzun sube al bello paraje de Artikutza, allí entre los kilómetros 22 y 23, podemos estacionar. Debemos cruzar la carretera, y buscar las señales amarillas y blancas del sendero de pequeño recorrido PR GI-1006, que junto a una borda nos introduce en un pinar. Seguimos por el marcado sendero y cruzamos varias regatas, tras un corto ascenso llegamos hasta una zona despejada. Seguimos las marcas del PR, y volvemos a introducirnos en un pinar que da paso a un maravilloso bosque de hayas. El hayedo trasmocho nos espera con sus dulces brazos abiertos, árboles modelados por la mano del hombre, en los tiempos que los carboneros moraban estos parajes, crean formas auténticamente surrealistas, y nos invitan a sumergirnos pausadamente en su encantamiento arcaico y misterioso, jugando a adivinar mil y una formas impensables en el libre albedrío de sus ramas milenarias.
Dejándonos acariciar por el hayedo, llegamos hasta un refugio con una zona de mesas, muy cerquita, se sitúa el primer objetivo de la ruta: el magnifico cromlech de Oianleku.

Peñas de Aia desde el cromlech de Oianleku

En mitad de un collado abierto a los cuatro vientos, se ubica este monumento, que hace miles de años, nuestros antepasados decidieron erigir en este paraje sin igual. Contemplando el panorama que se abre ante nuestros ojos, queda claro que no fue casualidad el lugar de su construcción, sin duda se aquellos hombres y mujeres, se sintieron atrapados por la profunda energía atávica que emana el lugar, por la belleza que nos rodea, montañas, bosques, valles, … la mar. Lo que se siente en este lugar único, es algo inexplicable, solo queda, amigo lector, acercarte a su magia, con respeto, con curiosidad, con amor hacia lo que la montaña nos ofrece.

Cromlech de Oianleku

Los cromlechs, son unos monumentos megalíticos que hunden sus raíces en lo más profundo de la prehistoria, allá por la Edad del Hierro, su nombre deriva del bretón, “Kroum” (corona) y “Lech” (piedra). Se trata de círculos formados por piedras hincadas en el suelo, en cuyo centro se colocaban las cenizas del difunto en una vasija de cerámica, o bien rodeándolas de losas formando una cista. El de Oianleku, es un cromlech especial, en realidad se trata de 2 cromlechs unidos, pero en el punto de unión de ambos no existen testigos de piedra.
La mitología ha asociado estos monumentos megalíticos a unos personajes conocidos como mairus, así mairubaratza significaría huerto o cementerio de los mairus, estos seres son tipos de hombre de otros tiempos, no cristianizados, paganos por tanto, y de fuerza descomunal. El cromlech, flirtea, cadenciosamente con las peñas de Aia, el cresterío que parece contemplarlo desde su distancia de siglos, se recorta magnético sobre el cielo despejado, alfombrado por un bosque de verdes transparentes. Errenga nos habla, hacia el Este, de sus preciosos cromlech de Mairubaratza, Bianditz nos llama con sus susurro telúrico de viento y belleza, hacia él nos encaminamos como hechizados por su energía misteriosa.

Cromlech de Oianleku

Para ello nos dirigimos de nuevo al pequeño refugio del bosque, para tomar un marcado camino que a nuestra izquierda se ve en el hayedo, a la derecha dejamos el sendero que hemos seguido para llegar hasta aquí. Llegamos en suave y corto ascenso hasta un aparcamiento junto a unos pequeños cromlechs, y salimos a la carretera de Artikutza. Debemos seguir por el asfalto hacia nuestra izquierda, aproximadamente 1 kilómetro, hasta llegar al alto de Bianditz, donde encontramos un pequeño recoveco en el que se suelen aparcar coches. Frente a nosotros, dejando de lado la carretera, vemos una marcada pendiente herbosa por la que debemos ascender.

Vista desde la cima de Bianditz

Nos encontramos ya en plena ascensión a la montaña mágica de Bianditz, a medida que vamos ganado altura una sinfonía de montañas, valles, bosques en perfecta armonía nos susurran su telúrica poesía. Disfrutando llegamos a lo alto de la loma, para continuar sin perdida por las herbosas y dulces crestas hasta alcanzar el collado de Hirumugarrieta donde otro interesante conjunto de cromlechs nos aguarda para susurrarnos su misterioso pasado. En este lugar encontramos con otra de las curiosidades que nos tiene reservada el Bianditz, un curiosa piedra que a modo de mojón, presenta una talla en una de sus caras, representando el báculo cruzado con una barra horizontal, símbolo de la antigua orden militar de Roncesvalles. La piedra, marca los límites de Artikutza, terrenos que pertenecieron a los monjes de Roncesvalles durante los siglos XIII a XIX, debido a una donación de la monarquía navarra, de aquí los monjes obtenían importantes beneficios, pues cobraban rentas a las gentes que explotaban el bosque, como eran pastores o carboneros.

Cima de Bianditz

La cima de Bianditz queda al alcance de la mano, solo tenemos que dejarnos llevar por las alas del viento siguiendo el precioso cordal que llega hasta ella. Desde su cúspide, la vista es maravillosa, dominado gran parte de la costa vasca y landesa, al fondo las nevadas cumbres pirenaicas nos hablan de montañas altas, hermosas de aspecto inaccesible, con una atractivo difícilmente resistible para quienes amamos subir montañas. Nos entretenemos en jugar a descubrir los cientos de picos que se abren ante nosotros, Txindoki, Anboto, Larrun, Ibantelli, Auza, Mendaur, Jaizkibel, Ernio,…más cerca las cumbres de Bunanagirre y Zaria, y un sinfín de cumbres que nos invitan a subirlas, a tratar de embaucarlas para que compartan con nosotros, su magia, sus misterios y sus secretos más profundos, de tratar de convencerlas de que formen parte de nosotros. Pero hoy estamos aquí en lo alto de esta bella montaña, descendemos por el mismo camino hasta la carretera del alto de Bianditz. Desde aquí en lugar de retornar por asfalto, cruzamos la alambrada que vemos enfrente, y ascendemos la cuesta que nos llevará hasta la cima del pico Bunanagirre de 780 metros de altitud, y que nos brinda unas fabulosas vistas del cordal de Bianditz. Solo nos resta descender por la vertiente contraria hasta el aparcamiento donde hemos comenzado nuestro caminar.