por Aitor Ventureira
Ilustración: Lola Gómez Redondo
05 Feb.19

Txindoki. La mágica atracción de las cumbres

Hay montañas que guardamos en un rinconcito privilegiado de nuestro corazón, allí donde más calorcito hace. Montañas que nos han hecho lo que somos, que nos han formado de alguna misteriosa manera, como montañeros y como personas. Sé que es algo profundamente subjetivo, un tanto inexplicable, pero bueno, a veces lo que no tiene una explicación lógica es lo más atractivo. Quizás sea por eso, que determinadas cumbres, bosques, mares,… nos atraen de forma profundamente magnética, quizás sea por eso, por lo que no podemos evitar lanzarnos a descubrir su magia. Son lugares que siempre buscaremos, por mucho que nuestras viejas y gastadas botas hayan caminado por montañas lejanas, espectaculares, enormes, de alguna forma, algo misterioso, nos impulsa a volver a reencontrarnos con estos parajes íntimos, como si volviéramos a ver a un viejo amigo, retornamos a sus veredas, a sus rutas milenarias, a su misterio telúrico.

Una de estas montañas, es para mí, Larrunarri o Txindoki, un espectacular espolón calizo que guardo con mucho cariño, en mi alma, y que se eleva majestuoso al norte de la sierra de Aralar.

No es el pico más alto de ningún catálogo conocido, ni el más difícil de algún otro catálogo, empeñados en encasillar las montañas, ni falta que le hace, pero su fuerza, su telúrica energía, su esencia primigenia, forma parte de muchos de los que amamos esta sierra magnética. Esta es, además, una de las montañas donde nuestra vieja mitología ubicó la morada de Mari, la principal deidad del olimpo mitológico vasco.

Txindoki, Mari está en su cueva

Mari, un genio de género femenino, que se erige como la principal diosa del panteón mitológico vasco. La mentalidad de nuestros antepasados la presentan como una hermosa dama de largos cabellos, y vestida elegantemente otorgándola un halo entre temida y respetada. Estamos probablemente ante uno de los mitos más antiguos de nuestra mitología y también ante uno de los más interesantes, probablemente hunda sus raíces en las viejas culturas de los pastores neolíticos. Quizás lo primero que llama la atención es que se trate de una deidad profundamente ligada a la tierra, a las cuevas y a las montañas. No es casual que la diosa tenga morada en múltiples cavernas ubicadas en lo más profundo de las principales cumbres, antaño sagradas, Murumendi, Anboto, Zaldiarán, Aloña, Putterri, Aketegi, Zekhaiburu o en Txindoki, cuya morada se llama Marizulo, entre otras. Se podría tratar, por tanto, de la personificación de un antiquísimo culto a la Madre Tierra, la Ama Lurra, que pudo tener su reflejo en el culto que nuestros antepasados ejercieron hacia las montañas sagradas.

Mari se traslada de montaña en montaña, en diferentes formas vinculadas todas ellas con el fuego, lo que la dota de un importantísimo atributo como dominadora de los elementos de la naturaleza. Es ella la encargada de impartir justicia y de castigar o premiar, pero de alguna manera es accesible, pues se puede llegar a su cueva, siempre y cuando se cumplan una serie de normas. No podemos pasar por alto la posible vinculación de la dama con dioses de otras religiones como Zeus o Júpiter

Txindoki desde Altzagarate

Como ya hemos dicho, Mari tiene la facultad de premiar o de castigar, atributo que probablemente no tuvo su origen en la fase más antigua del mito, sino que se le añadió a posteriori. Castiga las faltas, como la mentira, la jactancia o el orgullo, incluso se apropia de algo sobre el que algún humano ha mentido. Suele castigar a algún pueblo enviándole pedrisco o tormentas, ante lo que se solían hacer diferentes conjuros.

Pero también Mari suele premiar a quienes creen en ella y escucha a quienes acuden a su morada solicitando ayuda o consejo.
Dicen las leyendas que se sabe cuándo la diosa está en una u otra de sus moradas, porque una neblina cubre la cima del pico, pero no se trata de niebla, sino del humo que emana su chimenea.

Cima de Txindoki

En nuestro querido Txindoki, la vieja mitología ubicó la siguiente leyenda, recogida por Barandiarán:

“Mari de Txindoki, es el nombre que se le da a la diosa en la localidad de Amezketa, al pie de Txindoki. Esta señora había sido hija del caserío Irabi de dicha localidad. Cierto día, falto de la casa una vaca roja, y su madre, encargó a Mari que la buscase, pero la joven se negó por ser tarde y anochecía. Su madre le lanzó una maldición:
El diablo te lleve, si no la traes.

La muchacha salió a buscar el animal, pero en el campo se le apareció el diablo en forma de vaca roja. Mari creyendo que era la suya, se acercó a la vaca y la agarró por la cola. El animal emprendió una salvaje carrera que arrastró a Mari hasta la cueva de Txindoki. Al entrar en la cueva, Mari dijo:

Irabi Irabi dan bitarten txango edo mangorik esta paltako (Mientras Irabi sea Irabi no faltará en esta casa cojo o manco).

Efectivamente se han cumplido sus palabras. Los familiares de la joven, sabiendo su paradero, fueron al antro a celebrar una Misa, para liberarla, pero se olvidaron el atril y no se pudo celebrar. Los presentes vieron a Mari dentro de la cueva, junto al diablo en forma de perro rojo tumbado a su vera. Les dijo que se apartasen pues si despertaba perdería a todos. Se marcharon y Mari quedó en la cueva.”

Con todos estos componentes, tan solo podemos hacer una cosa, calzarnos las botas y dejarnos mecer por su arcaico susurro, sucumbir ante la dulce llamada de la montaña.
Muchas son las rutas que alcanza su vértice, el más transitado, quizás demasiado, en algunos momentos, es el que parte del barrio de Larraitz, perteneciente al municipio de Abaltzisketa. La ruta comienza en el área de Zamao, tras haber dejado atrás la ermita de la Virgen de Los Remedios.

Barranco de Muitze

Me gusta llegar a Larraitz aún de noche, con las estrellas iluminado el cielo y la luna alumbrándome en mi solitario caminar, tomar entonces la ruta hacia lo más alto de la montaña, es una sensación que me hace sumergirme un poquito más en mi interior, esa introspección unida al nerviosismo de la ruta, al caminar despacio hacia su vértice, es algo difícilmente repetible, es entonces cuando el silencio de la montaña te envuelve, te atrapa en sus dulces redes tejidas de árboles, praderas, rocas, sentimientos, vida, libertad. Es en ese momento en que caminas despacio rodeado de una soledad total, de un abrumador silencio cuando se funde tu alma y la montaña, cuando eres realmente libre, libre de críticas, de condicionamientos, de envidias propias y ajenas, de síes y noes, de dudas e incluso de certidumbres. Quizás sea eso, esa libertad extrema, dulce, salvaje, primigenia la que nos hace amar las montañas, quizás sean ellas las que nos devuelven por unos instantes a nuestro yo original, a nuestro ser más arcaico y profundo. Quién sabe, amigo, o tal vez sencillamente se trate de una caricia, o muchas, mutuas, entre los vientos profundos de las montañas y nuestras botas en la hojarasca, en el barro de los caminos o en las dulces praderas de altura.
Una pista evidente acaricia la cara norte de la montaña, a nuestra izquierda queda la peña de Neskarri y su enigmática leyenda, el camino va ganando altura poco a poco, dejando a nuestra derecha la ruta que se dirige hacia Auza Gaztelu. Cruzamos una puerta metálica antes de que el camino se interne en un pinar, introduciéndonos en la vertiente oeste de la montaña, que nos regala unas extraordinarias vistas de sus vertiginosas paredes, reducto acotado para escaladores. Alcanzamos así la fuente de Oria Iturri, encajonada entre las paredes de Txindoki y la preciosa vista del pico de Auza Gaztelu, que se muestra ante nosotros hacia el oeste, atractivo, inexpugnable pero profundamente hermoso.

Txindoki desde Urtsumendi

Tras la fuente, es posible recortar tiempo de ascensión si tomamos la canal que asciende hacia nuestra izquierda y que nos llevaría en fuerte pendiente hasta el collado de Egurral. Pero para subir a esta cima es mejor disponer de tiempo, de disfrutar de cada segundo, de cada paso, así que seguiremos por su ruta clásica, más larga pero mucho más atractiva. Un evidente camino que salva un fuerte desnivel nos llevará hasta el collado de Zirigate, cercano a una majada de pastores, símbolo de esta sierra. Desde aquí el panorama es sublime, dominando un amplio paisaje de montañas y de valles, a nuestra derecha se pierde el camino que nos llevaría hasta el recóndito y encantador valle de Alotza, que esconde celosamente la leyenda del menhir de Saltarri. Pero hoy hemos de continuar hacia nuestra izquierda, buscando esa cima que nos contempla desde las alturas, de aspecto difícil pero cautivador.

Poco a poco el camino va ganando altura hasta llegar al colado de Egurral, un sitio de referencia, donde parar un momento en nuestro caminar y reponer fuerzas antes de lanzarnos hacia la impresionante cuesta que tenemos frente a nosotros. Es curioso, siempre que he llegado a este collado abierto a la caricia del viento, he sentido cierto temor, o respeto hacia la cuesta que se presenta ante nosotros, es el último tramo de ascensión al vértice de Txindoki, pero visto desde aquí, a más de uno nos han dado ganas de darnos la vuelta y buscar rápidamente el valle.

Txindoki

Pero sigamos adelante, despacio, sintiendo cada paso, dejándonos embaucar por la llamada telúrica de la montaña, poco a poco vamos ganando altura, hasta que de repente ya no hay más cuesta que subir, fugazmente, sin darnos cuenta, estamos en la cima. Es un momento mágico, aquí confluyen todas las rutas, aristas, paredes y caminos que osan acariciar la montaña, estamos en la cumbre, en lo más alto, la montaña, nos ha permitido acariciar su misterio, mostrarnos su cúspide, compartir con nosotros sus más profundos secretos. Nos entretenemos en dejarnos acariciar por el sol de su cumbre, jugamos a descubrir los mil y un picos que la vista alcanza a ver, a buscar los valles, los ríos, la mar….. Estamos en comunión con la montaña con nuestra montaña, nos cuesta arrancarnos de su vértice, pero es hora de bajar, de agradecer a nuestra cima su complicidad, su regalo, es hora de desandar el camino despacio, sin prisa, saboreando lo vivido allí arriba, regresamos al valle, a contemplar la montaña desde la “seguridad” del mundo civilizado, o quizás estemos más seguros en la magnificencia de las cimas, quien sabe, cada cual busca sus respuestas donde puede.

Acercaros a esta sublime montaña, enamoraros de sus aristas, de sus senderos, de sus vertiginosas paredes, de sus leyendas y su magia, pero acercaros, subirla,
escalarla, caminarla, contemplarla, acariciarla, lo que más os apetezca, pero sentirla, disfrutarla, no os defraudará, su energía os acompañará durante mucho tiempo, dejar que os enamore, si os acercáis a su magia, formará parte de vosotros, y siquiera por un momento fugaz pero mágico, formareis parte de ella.