Próximamente el histórico edificio Bellas Artes de Donostia reabrirá convertido en un hotel de la cadena Curio Collection by Hilton. La ciudad asistirá así a la nueva vida para uno de sus inmuebles con más solera y más cargados de memoria: el cinematógrafo más antiguo de España y uno de los más antiguos de Europa. Para el donostiarra Gorka Cintero, sin embargo, el Bellas Artes es bastante más: «Para mí siempre ha sido la casa de mis abuelos”.

En conversación con DonostiTik.com, este modista, que tiene un estudio en la calle Usandizaga de Gros y que trabaja cada vez más en el mundo del cine, contó esta historia. Una historia que comienza en los años 60, cuando sus abuelos paternos llegaron desde Padrón, en Galicia, con cuatro hijos. Primero su abuelo Paco trabajó brevemente en una cantera y en la construcción del frontón Galarreta. Y después, junto a su mujer Pilar, comenzó a trabajar en el Bellas Artes.
«No sé exactamente qué figura tenía mi abuelo. No sé si era conserje, cuidador, vigilante… algo así, bastante difuso. Mi abuela también trabajaba allí”.
En todo caso la familia vivía dentro del cine, y eso dio a Gorka, sus hermanas y sus primos la experiencia de vivir sus aventuras infantiles dentro del maravilloso edificio. «Detrás de la pantalla había un mundo entero, pasadizos, huecos, cosas que de pequeño te parecían infinitas”.
«Nosotros vivíamos en Errenteria y me encantaba ir de visita. La entrada a la vivienda estaba en la calle Urbieta. Subías tres o cuatro tramos de escaleras de piedra y llegabas a una casa muy rara, casi como un tríplex situado justo debajo de la cúpula. Mis tías se criaron prácticamente allí. Mi padre vivió en el Bellas Artes hasta que se casó. Y yo pasé allí gran parte de mi infancia”.
El primer recuerdo que guarda lo traslada directamente a ese cine. “Debía de tener tres o cuatro años. Vi Alicia en el País de las Maravillas. Aunque allí también vi una película malísima que se llamaba Cachalote», cuenta entre risas, «que era una copia cutre de Tiburón. Tuve hasta cromos de esa película».
Rememora la grandiosidad del edificio, «que estaba lleno de vida», pero en todos los sentidos. “Había muchas ratas. Por eso había gatos. Tú podías estar tranquilamente en el patio de butacas y ver pasar un gato».
Cintero habla también de un incendio que tuvo lugar a inicios de los 80, «que no fue devastador», pero que se le quedó grabado. «Recuerdo que nos sacaron los bomberos».
En el 82 la pantalla dejó de iluminar películas marcando un antes y un después para el edificio, que 40 años después inaugurará un nuevo recorrido alejando de la vertiente cultural que lo vio nacer en 1914 con el diseño del arquitecto Ramón Cortázar.
Apagada la pantalla, sin embargo, los abuelos de Gorka Cintero siguieron trabajando para la empresa Sade y, ya jubilados, permanecieron allí durante años. “No se fueron hasta el 2000. No había ascensor y era un edificio muy duro para hacerse mayor. Así que se fueron a un piso en Amara”.

«Como ir a Narnia»
Para cuando se fueron los abuelos, los jóvenes de la familia ya habían visto desde las ventanas del Bellas Artes muchas tamborradas, muchos desfiles de Carnaval y otras tantas Cabalgatas de Reyes. «Todo pasaba por Urbieta», dice Cintero, quien resume bien ese paraíso de la infancia: «Entrar en el Bellas Artes era como ir a Narnia”.
De más mayor, cuando empezó a salir, descubrió que esa parte de su vida cotidiana despertaba admiración: «Salía por la noche por la zona con amigos y luego volvía a dormir al Bellas Artes. Mis amigos flipaban y yo, la verdad, presumía muchísimo«.
«Claro que marcan esas vivencias. Hay cosas que no voy a olvidar, como noches en que mis abuelos estaban en Galicia y yo me quedaba allí solo, durmiendo en un cine vacío. Y que con mis hermanas y primos jugábamos en los camerinos y que los pasillos daban miedo. Y que aprendí a patinar en una sala redonda donde ensayaba la orquesta (Euskadiko Orkestra). Había un piano de cola y muchas sillas. Mientras ensayaban se oían los violines y, cuando se iban, patinábamos”.
También se metían en las oficinas de la Sade: “Jugábamos a mecanógrafos, hacíamos llamadas falsas, gastábamos bromas. Todo eso era nuestra infancia”.
Nuevos caminos
Ahora, cuando está en la casa de sus padres, el edificio todavía reaparece en las conversaciones. “Yo creo que soy el más nostálgico. O al menos el que más lo verbaliza. Sin entrar en el valor histórico, ese edificio tiene un punto romántico innegable«.
Precisamente de un tiempo a esta parte Gorka Cintero ha encontrado su lugar en el cine. Empezó a coser con 16 años, ha sido modista toda su vida, pero ahora trabaja cada vez más en el vestuario de producciones audiovisuales. “En el cine he encontrado una conexión preciosa con mi profesión. Esta actividad reúne todo lo que me gusta”.
Mientras Cintero inicia nuevos caminos, el Bellas Artes también cambiará de piel, aunque para algunos donostiarras seguirá siendo siempre lo que fue: un lugar maravilloso donde, a veces, entre película y película, se podía ver pasar un gato por el patio de butacas.



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