San Sebastián, 25 ene (Ana Burgueño/EFE).- El cocinero de la Comandancia de Marina de San Sebastián Ramón Díaz García fue asesinado por ETA el 26 de enero de hace 25 años. Algunos de quienes le conocieron recuerdan en este aniversario cómo este crimen conmocionó al barrio donostiarra de Loiola donde vivía y cómo marcó «un antes y un después».
«Fue un impacto tan fuerte que hasta la gente de la línea de los que pusieron la bomba no daba crédito, salieron de su burbuja», asegura Patxi Lago sobre aquel atentado de ETA. Para matar al cocinero, la banda terrorista colocó un artefacto lapa en los bajos de su vehículo, que explotó a primera hora de la mañana cuando arrancó el coche para ir a trabajar.
Lago habla con EFE de aquel día junto a Estitxu Artano, Iñaki Arrillaga y Juan María Oderiz, todos miembros del centenario Club Loiolatarra al que pertenecía Ramón Díaz, un hombre muy implicado con las actividades de su sociedad y del barrio. Tenía 51 años, una esposa, Pilar Gorostegi, y dos hijos, Aintzane y Arkaitz, entonces de 24 y 17 años.
El día del atentado
Los cuatro amigos oyeron la explosión y recuerdan perfectamente ese momento. El único que no se encontraba en casa era Arrillaga, que acababa de salir hacia el trabajo en su vehículo, sobre el que cayó la palanca de cambios del coche de la víctima.
«Supe que era una bomba y al ver el coche supe que era él. No me lo podía creer», relata Arrillaga, que no relacionó entonces el asesinato de Díaz, un trabajador afiliado a CCOO, con su empleo en la Comandancia de Marina.
De que ETA acababa de destrozar a una familia fue testigo directo Estitxu Artano, hija de un amigo íntimo del cocinero, quien fue a casa de la víctima a los pocos minutos de la explosión. «Tras aquello, en Loiola hubo un antes y un después», afirma.
A Ramón Díaz lo conocía todo el mundo en ese barrio junto al río Urumea. En la sociedad Loiolatarra «era el chico para todo», dice Artano. Estaba especialmente implicado en la escuela de pelota del club, agrega Juan María Oderiz, presidente del club en ese 2001, otro año trágico que ETA inauguró con este atentado.
«Ramón cocinaba la cena de tamborrada, caldereros, cualquier merienda de la tarde. Cuando venían los niños saharauis a los que recibíamos una vez al año, para las comidas de las escuela de pelota, en los concursos de cocina…», rememora Lago.
Los homenajes del barrio
Si Ramón se volcó con el Loiolatarra, el club hizo piña tras su asesinato para arropar a la familia y para organizar cada año una ofrenda floral a la misma hora y en el mismo lugar del atentado.
En este acto han participado siempre autoridades políticas y de la Comandancia de Marina. Años después acabaron sumándose representantes de las distintas marcas con las que la izquierda abertzale se fue presentando a los comicios municipales tras la ilegalización de Batasuna.
«Entre la gente del barrio que ha acudido a las concentraciones, ha primado más la persona que las ideas«, puntualiza Arrillaga.
En los primeros años, Lago tuvo algún enfrentamiento con personas que habían quitado las flores depositadas junto a una fotografía de gran tamaño de Ramón Díaz, pero asegura que «no era gente de Loiola». «A nadie de aquí se le ocurriría», apostilla Arrillaga.
Este lunes 26, será el último acto público en memoria de Ramón. A partir de 2027, sus amigos del Loiolatarra le recordarán en homenajes más íntimos y seguirán, como hacen cada año, recordándole en sidrerías, establecimientos en los que Ramón también trabajó como parrillero.
La familia
La familia de Ramón Díaz sigue en San Sebastián, pero ya no vive en el barrio. «Se sentían observados. Ya no querían pasar delante de Hontza (la herriko taberna), vivían al lado y se sentían mal«, comenta Lago.
«Ahora están bien, seguimos en contacto, vuelven cada año (al homenaje)», cuenta Estitxu Artano. «Y Arkaitz es socio del club, además patrón de la (trainera) Donostiarra. Aquí tenemos con orgullo la camiseta que ganó de mejor patrón del Cantábrico», dice Oderiz a la vez que todos apuntan hacia una de las paredes del local.
«Ramón era muy chiquillero. Lo lamentable es que le prohibieron conocer a sus nietos. Habría disfrutado como un enano con los chavales», remarca Oderiz. Artano recuerda que cuando se casó, le decía: ‘a ver cuando tienes un niño para que lo cuide yo’.
Ramón nunca negaba un favor, destaca Oderiz. «Si le pedías ayuda, te la concedía rápido, pero regañando siempre. Si no regañaba no era él. Entre nosotros, sigue estando presente en muchísimos momentos», añade.
¿Qué es lo que les viene a la cabeza ahora, pasados ya 25 años de aquel atentado? Todos coinciden en lo mismo, en la «inutilidad» de un crimen con el que lo único que consiguió ETA fue «destrozar una familia».



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