Nadie como Javier Gurruchaga para mezclar en un escenario rock, cabaret, verbena y humor. Y ningún motivo mejor para hacerlo que celebrar los 50 años de la Orquesta Mondragón en casa, en Donostia, con un público ávido de reencontrarse con el showman, que lo dio todo este jueves durante dos horas y media con su grupo y su plantel de invitados.
Gurruchaga incluso hizo reír: “lástima que están ustedes hechos una porquería”, dijo, en alusión al tiempo pasado desde que dio sus primeros pasos como artista en el colegio Los Ángeles de la Parte Vieja y a su niñez en su casa de la calle San Bartolomé, “en la zona pobre”. No en la zona buena ni en la calle Zubieta, donde el nivel era otro. “Pero aquí estamos”, comentó en varias ocasiones durante el concierto. Como una declaración de intenciones. Fiel a sí mismo.
El público se reencontró con el artista que cambia de chaqueta con brillantina y de peluca sin perder el pulso, pasando de versiones de los Rolling Stones o John Lennon —“tantos años cantando Imagine y nadie nos hace caso, sigue habiendo guerras”— a temas propios como Corazón de neón (compuesto con Sabina) o himnos festivos como Ellos las prefieren gordas y Viaje con nosotros, el momento más potente de la noche, con el teatro en pie y charanga incluida.
En esta parada donostiarra de la gira fueron muchos los que quisieron acompañarle sobre el escenario, aunque faltaba Popotxo Ayestaran, sin el que —como recordó el propio Gurruchaga— la Orquesta Mondragón no sería lo mismo. Sí estuvieron Cheli Lanzagorta, Jaime Stinus, José María Insausti y Michele McCain.
A todos les agradeció su parte, y también a quienes no estaban pero han contribuido a lo largo de estos años a contruir esta andadura repleta de talento e histrionismo.
Con todos estos ingredientes, la Orquesta Mondragón celebró su 50 cumpleaños en Donostia como corresponde: con nostalgia, con humor y sonando muy bien. Hubo incluso tarta, que Gurruchaga se estampó en la cara. Como en las mejores fiestas.




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