Barcelona, 20 mar (Lara Malvesí/EFE).- Todo el mundo sabe quién es Cristóbal Balenciaga (Getaria, 1895 – Jávea, 1972), el diseñador gipuzkoano que se codeó con Christian Dior y ‘Coco’ Chanel en París a mediados del siglo XX, el genio que vistió a actrices y reinas europeas. Pero nadie conocía, hasta hace poco, los nombres de las modistas que trabajaban para él en sus talleres.
El proyecto expositivo y documental, ‘Las manos que cosen’, que ha recalado esta semana en el festival de cine y moda Feed Doc (Barcelona) da voz a esas mujeres con el dedal siempre a punto que ayudaron también a construir un imperio que llegó a tener tiendas y talleres en San Sebastián, Madrid, Barcelona y, claro, París, la cuna de las grandes ‘maisons’.
La iniciativa parte de los testimonios de una decena de mujeres que todavía viven y con las que el investigador de la Fundación Balenciaga Igor Uria consiguió ponerse en contacto poco a poco. «Algunas respondieron a un primer cuestionario y a partir de ahí fue posible tirar del hilo de sus compañeras», ha contado Uria en una entrevista con EFE.
Las llamaban «las chiquitas»
La artista audiovisual Itxaso Díaz fue la encargada de entrevistar a esas mujeres, a las que en los años 50 y 60 llamaban «las chiquitas».
Díaz destaca que todas son mujeres que quitan importancia a lo que hicieron porque entonces no se les daba el valor que se les otorgaría ahora.
«Por eso es tan bonito la devolución que se les hace ahora de ese reconocimiento por su trabajo. No solo se les pone nombre, también se habla de cómo eran sus vidas y de su saber hacer«, apunta la cineasta.
«La mayoría son mujeres que empezaron muy jóvenes, incluso con 14 años, y que allí aprendieron el oficio. Las que entraban estaban amadrinadas por otras, tías, sobrinas, hermanas… era como una familia y se admitía solo a las que fueran de toda confianza», ha contado Uria.
Mujeres como Loli, que estuvo en el taller de San Sebastián de 1962 a 1968, y que cuenta que la mayoría de modistas dejaban el trabajo al casarse porque «una vez casada, ya lo normal era no trabajar».
Les «regalaban» el traje de boda
Uria explica que las que se casaban estando en la Casa Balenciaga tenían derecho a usar el patrón de la colección anterior y casarse con un vestido de la firma. «No de la colección de esa temporada porque ese aún se comercializaba. Pero bueno, era un detalle que se tenía con ellas», asegura.
También Michelle, de la tienda de París, rememora que entró en la ‘maison’ del diseñador español «por casualidad» tras haberlo conocido trabajando como modelo (maniquí, en la época).
Marisol, de los talleres del País Vasco, destaca que «el aprendizaje era único: puntada a puntada, hasta hacer de cada pieza una obra de arte».
«Las Casas Balenciaga se organizaban en torno a dos espacios independientes y diferenciados: el taller y el salón», asegura Uria, quien cuenta que en el segundo espacio «pasaban» las maniquíes mientras que en el taller, tras la cortina, trabajaban las costureras.
Los talleres tras la cortina
Uria cuenta que, cuando las jóvenes entraban, se observaba su «gesto» al coser, esto es, si dejaban el hilo estirado o más bien flojo. A partir de ahí se decidía «si irían a sastrería o modistería».
Además del documental, ha viajado a Barcelona una muestra de la instalación -a base de telas y fotografías en movimiento- que la artista del collage Susana Blasco diseñó para el propio Museo Balenciaga en la ciudad natal del diseñador.
Cristóbal Balenciaga Eizaguirre comenzó su aventura empresarial y creativa en San Sebastián en 1917 con la apertura de su primera «casa de moda» en la calle Vergara.
Tras abrir espacios también en Madrid y Barcelona, en 1937 se inscribió en la Chambre Syndicale de la Haute Couture y abrió la histórica sede parisina de la Avenida George V.



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