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¿Qué es un niño malo?

12 Abr.20
Por Lourdes Zardoya (incitandoacrecer.com)
Tiempo de lectura: 4 minutos
Archivado en:
Podemos aprovechar estos días para apreciar la gran cantidad de cualidades positivas que los niños están demostrando

Estamos en cuarentena por el coronavirus en casa y los niños son probablemente los que más echan de menos sus rutinas en la calle, incluso en el cole y sobre todo con sus amigos. Los más mayores lo están llevándolo mejor que algunos adultos y a los niños pequeños el aburrimiento y los nervios les ponen a prueba con más frecuencia. ¿Cómo se están portando? ¿Es por que están bien/mal educados? ¿O es que son niños buenos /malos? En mi opinión, sin duda, en este periodo de convivencia forzosa sin vacaciones en familia 24/7, debemos valorar muy positivamente el comportamiento de nuestros hijos.

No es momento de presionarles, no pueden cumplir al 100% con nuestras expectativas de “niño ideal”. Nosotros no estamos cómodos al 100% y ellos tampoco. Lo más importante es no perder nunca la perspectiva: no son pequeños adultos, son niños y sus necesidades, su capacidades y su motivaciones son diferentes. Es injusto llamar ‘malos’ a los niños por comportarse como niños”

Cuando un adulto no se comporta como nos gustaría con nosotros o en general como debiera, no lo consideramos como “malo”. Una mala persona es alguien que comete un delito grave o que traspasa fronteras morales muy fuertes. Sin embargo, en el caso de los niños, tenemos la costumbre de etiquetarlos en dos categorías absolutas: niños buenos y niños malos.

Podemos empezar por reflexionar sobre qué esperamos de un niño “bueno”. En realidad muchas veces nos quejamos del comportamiento de un niño no porque sea malo o perverso, sino porque nos molesta: queremos que se adapte y no interrumpa nuestro modo de vida adulto, porque nos conviene más a nosotros.

A mi me gusta hablar de niños fáciles y difíciles de educar y además, de niños educados y niños “sin educar”: son conceptos no iguales, pero si complementarios. Por ejemplo, si tienes un hijo de carácter tranquilo, que siempre come con ganas y se duerme sin problemas, es fácil que sea un niño etiquetado como bueno. Si un niño escucha y “entiende” a la primera y no lleva la contraria, es un niño que “no molesta”. Pero también hay niños inquietos, curiosos, activos, que siempre nos preguntan, nos piden atención, que quieren hacer experimentos con todo, que no saben decidir, … estos niños requerirán que les dediques mayor tiempo y aún haciéndolo así, puede que reciban la etiqueta de rebeldes, maleducados, respondones, egoistas… o sea, malos. Nada más injusto: ni los primeros son buenos ni los últimos son malos.

Como dice el psicólogo y bloguero, Alberto Soler, “Las etiquetas impiden a niños y niñas desarrollarse de forma libre, es preocupante y tiene consecuencias”. Alberto es psicólogo y padre de dos hijos. Autor de numerosos artículos sobre crianza, educación y psicología, y del libro ‘Hijos y padres felices’, en el que reivindica una educación respetuosa y sensible.

Para él, existen niños que son más o menos hábiles en según qué circunstancias, niños que son más o menos activos, o que tienen más o menos recursos para gestionar determinadas situaciones… , en definitiva, niños que pueden resultar más o menos fáciles de manejar a sus familias.

Hoy en día resulta muy complicado a muchas familias llevar el día a día con sus hijos adelante. Lo que llamamos “conciliación” es, más bien, una gynkana en la que tenemos que ir siempre corriendo de un sitio a otro. Horarios laborales imposibles, largos desplazamientos entre casa, escuela y trabajo, problemas económicos … todo esto hace que la organización diaria sea más bien como una partida de Tetris en la que todo tiene que encajar. Los adultos nos hemos acostumbrado a esa vida y muchas veces ni nos damos cuenta del ritmo de exigencia con el que cargamos. Pero los niños no están preparados para funcionar así; se entretienen, se despistan, protestan… y a esos niños que nos lo ponen todavía más complicado les llamamos “malos” simplemente por comportarse como niños y por ser fieles a si mismos y a su forma de ser.

Por eso podemos aprovechar estos días para apreciar la gran cantidad de cualidades positivas que los niños están demostrando. Es verdad que tienen muchas más posibilidades de ocio en casa de las que teníamos nosotros a su edad, pero eso no significa que no caigan en el aburrimiento, igual que nos pasaba a nosotros. De hecho, los niños deben aburrirse porque aprender al gestionar su aburrimiento potenciarán sus ratos de juego: es como más y mejor pueden aprender.

Po otro lado, cuando educamos a los niños entramos en contradicciones y es algo que Alberto Soler se encuentra siempre en sus talleres con familias. “Hay una dinámica que suelo hacer con frecuencia. Saco una pizarra y pregunto cuáles serían las principales características de los “niños buenos” y las de los “niños malos”. Casi siempre aparece la obediencia como principal atributo de los buenos y la desobediencia en el caso de los malos. Más adelante pregunto a las familias cómo les gustaría que fueran sus hijos en el futuro y suelen hablar de fortaleza, autonomía, asertividad, liderazgo, empatía: a día de hoy nunca nadie ha mencionado la obediencia. Pensamos que podemos educar a los niños para que sean obedientes, y esperamos que de repente, un día se levanten siendo fuertes, empáticos y asertivos. Pero las personas no funcionamos así”, comenta Alberto.

La fortaleza, la asertividad, saber decir que no, no tolerar las imposiciones porque sí, defender los propios derechos… todos queremos ser así “de mayores”. Pero de pequeños nos enseñan a ser obedientes, porque “esto es así y punto”, “porque lo digo yo”, “como no me hagas caso te vas a enterar”. Y luego llegan a ser adultos sin capacidad para defenderse, porque les han educado para agachar la cabeza. Como decía Frederick Douglas, “es más fácil construir niños fuertes que reparar adultos rotos”.

Por último, no debemos olvidar que las etiquetas además, cuando se asocian al género, tienen efectos incluso más negativos. De manera sistemática asociamos aún determinadas etiquetas a uno u otro género: las niñas son delicadas, cariñosas, buenas, complacientes, educadas… y los niños fuertes, valientes, inteligentes, luchadores. Si decimos cosas como “mi princesa”, “mi campeón”, “no seas bruta” o “los chicos no lloran”, les estamos dando un mensaje sesgado. Las etiquetas impiden a niñas y niños desarrollarse de forma libre, lo cual es especialmente preocupante y tiene peores consecuencias, como todos sabemos, en el caso de las niñas.

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