por Aitor Ventureira
Ilustración: Santiago Farizano
14 Sep.17

Santa Eufemia de Aulesti, antigua morada de Tartalo

Las montañas siempre han ejercido un influjo especial sobre muchos de nosotros, una magnética atracción, que nos lleva admirarlas, a soñar con alcanzar la seguridad de su cima o simplemente a deleitarnos con lo sublime de su presencia. A nuestros ancestros les llevo un poco más allá, si cabe, les llevo a considerarlas como divinidades, o como la morada de sus dioses. Muchas de nuestras viejas montañas, se consideraban en la mentalidad popular, como habitáculo de diferentes númenes de nuestra mitología. Así, en varias de ellas, se cree que habita la principal diosa del panteón vasco, Mari, que según muchos estudiosos sería la representación de la Madre Tierra, de Ama Lurra. En otros de estos montes, la tradición, ubica a genios como Tartalo, Basajaun o los Jentiles, entre otros. Muchas de estas montañas se cristianizaron colocando ermitas en ellas, en muchas de las cuales, aún hoy en día, podemos ser testigos directos de viejos ritos y tradiciones, donde se funden cultos antiquísimos con otros cristianos. Sea como sea, allí están esperándonos a que nos acerquemos a sus misterios, deseosas de compartir con nosotros sus telúricos misterios.
Una de estas montañas, la encontramos entre las localidades vizcaínas de Markina-Xemein y Aulesti, encajonada entre el macizo del pico Oiz y el mágico y bravío mar Cantábrico. Se trata del pico Urregarai, que junto con su vecino el Bedartzandi, forman parte de un pequeño, pero interesantísimo macizo calcáreo, que marca la divisoria entre los ríos Lea y Artibai. Son unas cumbres chiquitas, apenas superan los 700 metros de altura, pero es un lugar lleno de viejas leyendas, de magia y fuerza ancestral, una clara muestra de que las montañas no se han de medir por su altura en metros, sino por todos los secretos que nos tienen reservados si acudimos con la mente y el corazón abiertos. En este coqueto macizo, encontramos pequeños tesoros como son las canteras de mármol negro que asoman hacia la localidad de Markina, o el encinar cantábrico que se agazapa en la meseta cárstica de Gabaro, situada al este de Bedartzandi que esconde interesantes simas, objetivo de los espeleólogos.
Pero quizás, entre las diferentes cimas que forman el macizo, sean los picos de Urregarai y Bedartzandi donde aún podemos sentir el poso de nuestras viejas leyendas, esas que contaban nuestros abuelos al amor del fuego en esas frías tardes invernales, mientras las castañas chisporroteaban en el tamboril. Una de estas ancestrales historias, nos cuenta, que en estos parajes vivó un genio de nuestra mitología profundamente aterrador, Tartalo, así se llamaba nuestro cíclope. En estas tierras de Lea-Artibai el numen era conocido como Alarabi, y era tan gigantesco que apoyaba uno de sus pies en la cima de Urregarai y el otro en la de Bedartzandi. Alarabi es la adecuación a una zona concreta de un mito común tanto en la mitología vasca, como en otras. Tartalo destaca por su fiereza, su inmenso tamaño y por tener un solo ojo en mitad de la frente. Es antropomorfo y uno de sus pies tiene forma de pezuña animal, es un ser terrorífico, cuya fuerza es totalmente descomunal, y devora tanto animales como humanos. Es un mito que se da en varios lugares de la tierra de los vascos, pero posiblemente, la ubicación más conocida sea la del monte Sahadar en tierras de la localidad gipuzkoana de Zegama. Una vieja leyenda de allí, nos cuenta lo siguiente:

“Dos hermanos se vieron sorprendidos en la montaña por una tormenta, por lo que se resguardaron en una choza. Estando allí, entraron un rebaño de ovejas con su pastor que no era otro sino Tartalo, quien cerró la puerta con una piedra enorme. Cuando el genio vio a los muchachos, dijo dirigiéndose al más viejo de los hermanos:
Tú para hoy, y tú para mañana.
Acto seguido, asó en el fuego al más viejo y se lo comió, tras lo que se sumió en un profundo sueño. El joven, calentó el asador en la hoguera y se lo clavó en el único ojo del numen, dejándole ciego. Tartalo se levantó buscando a tientas al muchacho, quien se ocultaba entre las ovejas. El genio quitó la piedra que cerraba la puerta, y se puso en medio haciendo pasar por entre sus piernas una a una a las ovejas, con intención de dar con el joven, quien consiguió huir poniéndose una piel de oveja encima, y lanzándose a la carrera en cuanto estuvo libre. Tartalo comenzó a perseguirlo, hasta que el joven se lanzó al río, cosa que también hizo el genio, pero Tartalo no sabía nadar, y se ahogó.
Otras versiones, cuentan como Tartalo colocó al muchacho, un anillo que repetía constantemente “estoy aquí”, por lo que el joven se arrancó el dedo con el anillo y lo arrojó al río, el genio siguió la voz del anillo ahogándose en el agua.”

Dicen que con la construcción se la ermita de Santa Eufemia, en la cima de Urregarai, Tartalo buscó otro lugar para cometer sus fechorías.
Otra leyenda vinculada a esta montaña nos cuenta que cerca de la ermita hay enterrada una campana de oro, quizás de ahí derive su nombre, Urregarai o montaña de oro. Las leyendas de tesoros enterrados son muy comunes no sólo en la tierra de los vascos, sino en otras zonas geográficas. Así pues, en la rica mitología gallega, heredera directa de viejos cuentos celtas, se cree que en los castros que encontramos en esta zona, hay enterrados tesoros que sólo podrán ser descubiertos en la mágica noche de San Juan, y siempre se componen de saberes trascendentales y de conocimiento.

Aún nos guarda más historias esta vieja montaña, como la que cuenta que la Virgen se apareció en lo alto de Urregarai, y los vecinos de la zona decidieron construir una capilla al pie de la cima, pero cada mañana, los materiales usados en la construcción de la ermita, aparecían milagrosamente en lo alto de la montaña, por lo que los lugareños pensaron que el deseo de la Virgen, era que la ermita se construyera en lo alto del altozano, lugar donde aún hoy podemos verla.
Otro cuento vinculado a esta montaña, dice que una joven pastora, vio como una mano emergía de la tierra con un precioso anillo, la joven lo cogió y automáticamente perdió el habla. Bajo al pueblo e intentó contar lo sucedido, con gestos, consiguió hacerse entender. Todos los vecinos subieron y vieron la mano que continuaba allí. Le colocaron el anillo y la joven recuperó el habla, cavaron en el lugar y apareció el cuerpo de Santa Eufemia.
Además en el macizo hay una cantera, que se dice explotaban los jentiles, se cuenta que fue desde allí, desde donde los genios arrojaron las piedras con la que se construyó la iglesia de Santa María de la Asunción, que pertenece a las localidades de Markina y Xemein.
Un autentico compendio de viejísimas historias nos tiene reservados esta magnifica montaña, pero caminemos despacio, sin prisa a su magia. Para acceder hasta ellas, se debe llegar hasta el collado de Santa Eufemiako-zelaixe, situado entre ambas cimas. Se puede acceder en coche hasta allí, siguiendo una pista asfaltada que nace en la carretera que une Markina con Aulesti. En este collado, acariciado por un precioso hayedo, encontramos un refugio y un área de esparcimiento. Llegando al mismo ya destaca sobre nuestras cabezas la ermita de santa Eufemia, colgada en el abismo, magnética, atractiva, bella en su lejanía, guardiana de viejos cuentos, y leyendas, y de un paisaje hermoso y sublime. A partir de aquí la excursión es un sencillo paseo hasta la punta de Urregarai, una pista entre un bosque de repoblación de cipreses, va ganando altura pausadamente, en una curva del camino, destacan los farallones rocosos del pico, merece la pena tomárselo con calma, disfrutar del paisaje, del bosque, de esta montaña magnética. Pronto salimos a un pequeño prado bajo la cima, donde se celebra la romería el día de la santa, el 16 de septiembre, un lugar fantástico donde tomar un reposo antes de afrontar los 222 peldaños de piedra que nos restan para alcanzar la ermita. Pero antes disfrutemos de la pequeña pradera, disfrutemos de la belleza de la visión de la cima y sus escaleras, disfrutemos de la serena calma que nos aporta, de sus paisajes y de las viejas vivencias que guarda celosamente.
Solo nos falta subir hasta la ermita, y un poquito más allá alcanzar el buzón cimero, impresionan los cortados que a nuestros pies caen hacia el valle, la vista es extraordinaria, abierta a los cuatro vientos, frente a nosotros, el Oiz, el Anboto, y un sinfín de montañas y valles, hasta llegar al Cantábrico, desde aquí tenemos una visión maravillosa de la costa vasca. La ermita, es una construcción de planta rectangular y construida en piedra caliza, ubica su ábside hacía el Este, es decir por donde sale el sol, herencia de misteriosos ritos vinculados a las montañas que hace mucho tiempo se darían aquí. Aún hoy en día, o por lo menos hasta muy poco en el tiempo, era costumbre que los romeros que acudían a Santa Eufemia, portaran rollitos de cera enroscados en su cintura, al llegar a la ermita, se los quitaban , besaban la reliquia de la Santa, y tras rezar junto a la imagen, prendían la cera hasta que se consumía, con ello se creía que se curaban los dolores de cintura.
Descendemos, dejandonos acariciar por la brisa del oceano, por el susurro de los viejos cuentos y viejos ritos que se dieron en este paraje magico, sin par. Una vez de vuelta en el collado se puede acceder hasta la vecina Bedartzandi, por un camnio balizado un poco abrupto, eso ya queda en tus manos, amigo lector. Nosotros nos lo tomaremos con más calma, y sentados al abrigo de un haya, contemplamos desde su base la magica Urregarai, felices por habrer acariciado su cima, por haber sido participes, siquiera por un etéreo momento, de sus secretos, de su magia, de sus leyendas y de su telurica belleza.