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Donostia recupera su memoria corsaria contra los mercantes ingleses de la mano de Francia

La obra, titulada 'Cuando San Sebastián era base corsaria con el puerto del 'Pasage', fue presentada este miércoles por el propio Pi Chevrot y el historiador Álex Larrode

cuando San Sebastian Donostia recupera su memoria corsaria contra los mercantes ingleses de la mano de Francia

San Sebastián, 8 jul (Carlos López Izquierdo/EFE).- Entre los años 1797 y 1813, los barcos de mercancías ingleses cargados con riquezas de Canadá, las Antillas, África, Brasil y la India, temieron el nombre del ‘Pasage’, la base portuaria de San Sebastián desde la que durante quince años Francia lanzó continuos ataques corsarios para sabotear el comercio de sus enemigos británicos.

Una documentada investigación, desarrollada por el arquitecto José Javier Pi Chevrot, publicada en forma de libro con la colaboración del Aquarium donostiarra, recupera ahora aquellas desconocidas empresas corsarias de las que aún guardan constancia el archivo histórico de Oñati (Gipuzkoa), la biblioteca de Burdeos (Francia) y otros centros de documentación consultados en los últimos años por este historiador aficionado.

La obra, titulada ‘Cuando San Sebastián era base corsaria con el puerto del ‘Pasage’, ha sido presentada este miércoles en el Palacio del Mar donostiarra por el propio Pi Chevrot y el historiador Álex Larrode.

Base corsaria

Fueron casi un centenar de embarcaciones las que se dedicaron al corso en ‘El Pasage’ (la actual Pasaia, dividida por aquel entonces entre Donostia, a la que correspondía la orilla de San Pedro, y Hondarribia, que poseía el lado de San Juan), y que se convirtió en una base corsaria «ideal», porque era un puerto «cerrado y escondido, al que había que entrar por una estrecha bocana» por la que los ingleses no podían pasar y que sin embargo permitía a los corsarios salir al mar fácilmente para sorprenderlos.

Según explica Pi Chevrot, la mayor parte de las embarcaciones corsarias eran buques fletados en las localidades francesas de Burdeos y Bayona que luego recalaban en ‘El Pasage’, «un territorio libre por el que pululaban los aventureros», para terminar de armarse y completar las tripulaciones que, en principio sólo podían tener un 40 % de extranjeros, aunque la confusión propiciada por los similares nombres y apellidos vascos de los dos lados de la frontera permitían que muchas veces este porcentaje se falseara.

La mayoría de las embarcaciones operaban bajo patente de corso francesa, aunque otras lo hacían bajo la autoridad de la corona española.

Fueron decenas de corvetas, bergantines, goletas y alguna fragata, armados con entre 12 y 30 cañones, con tripulaciones de entre 120 a 300 marineros y nombres tan evocadores como: ‘Atrevido’, ‘Vengador’, ‘La Venganza’, ‘La Confianza’, ‘Decidido’ o ‘Napoleón’.

Los marineros se enrolaban por períodos de tres meses en estos navíos con los que recorrían el mar, entre Las Azores e Irlanda, bajo una falsa bandera inglesa que, tras acercarse a sus confiadas presas británicas, arriaban para izar la enseña francesa sorpresivamente y lanzar unos cañonazos de advertencia, ante los que lo más usual era que los mercantes se rindieran sin luchar, precisa Pi Chevrot.

Las ganancias, un tercio de las cuales eran para la tripulación y dos para los armadores, podían ser espectaculares, ya que los mercantes apresados solían transportar pieles de Canadá; pescado y aceite de ballena de Terranova; algodón, azúcar, ron y café de los Estados Unidos y las Antillas; marfil y esclavos de África; joyas de Brasil (Portugal era aliado de Inglaterra), y especias de la India.

Subastas en San Sebastián

Además, los propios barcos capturados eran vendidos o reutilizados como corsarios por sus captores, mientras que el resto de mercancías eran subastadas en el consulado de San Sebastián, la actual biblioteca municipal de la Plaza de la Constitución, donde se ahorraban pagar la comisión correspondiente a la administración gala.

Todo ello facilitado por la afinidad de la burguesía donostiarra y su proximidad a Francia, país del que además procedían buena parte de sus integrantes quienes se encargaban de gestionar la logística de la subasta, recaudar los beneficios, pagar las facturas de atraque de los buques y derivar los beneficios a los armadores galos.

Una situación que, como describe Pi Chevrot, a los ingleses «les cabreaba bastante» y que hacer pensar que cuando en 1813 los británicos, junto a los portugueses, desalojaron a las tropas francesas de San Sebastián y la quemaron «no lo hicieron por casualidad». 

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