Reportaje

Lesbos: 21 días de voluntariado en el borde de Europa

Zaporeak ha llevado a más de 1.500 personas en diez años para trabajar con los refugiados que llegan a la isla griega. Donostitik.com ha querido vivirlo en primera persona

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Fotos: Santiago Farizano

Como cada mañana, mientras el sol levanta, me dirijo al sur con mis compañeros Isabel e Iñaki por una carretera que corre tan cerca del Egeo que casi se puede tocar el agua. Nuestra misión: recoger a Mazloum, uno de los panaderos que diariamente da forma a las masas que más tarde acabarán en el campamento. El camino a la cocina no es largo, unos 15 kilómetros atravesando Mitilini, la capital, que a esas horas todavía está despertando y no ha sido invadida por el alocado tráfico de coches y motos que aparecerá poco después.

A primera hora todas las manos son bienvenidas, hay que picar verdura, condimentos, mover sacos de arroz, pasta, garbanzos… todo lo que haga falta para que la cocina empiece a marchar. Mientras tanto otras tareas se suceden, organizar la fruta y las cajas para embalar la comida.

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Salgo en busca de refuerzos en una furgoneta hacia el campo de refugiados, a unos diez kilómetros, y según me voy acercando veo a mis otros compañeros esperando. Al abrirse la puerta el vehículo se llena de conversaciones aceleradas en distintas lenguas de las cuales ninguna entiendo, pero no parece hacer falta, entre saludos y abrazos vamos adelante, rumbo a la cocina otra vez.

En pocos minutos todo el mundo converge en el local, voluntarios de aquí y de allá, cocineros, panaderos y los coordinadores de toda esta vorágine: María y Akis.

Así empieza la jornada de un voluntario de Zaporeak en Lesbos.

El objetivo es preparar más de mil raciones de comida diarias para dar alimento al campo de refugiados de Kara Tepe, que alberga a aquellos que alcanzaron las costas de la isla desde Turquía recorriendo los catorce kilómetros de mar que median entre los dos territorios.

Este complejo les da refugio y además la permanencia en el mismo es imprescindible para conseguir la regularización, un pasaporte que da la posibilidad de moverse por Europa.

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Restos de la travesía en una playa del norte de la isla. En el fondo, la cercana costa de Turquía

En los días que estuve allí pude compartir la alegría de quienes fueron «liberados» y la angustia de aquellos que recibieron la noticia de que debían seguir a la espera por varios meses más, como fue el caso de uno de nuestros colaboradores cercanos.

Las primeras lecciones las recibimos de un grupo anterior de voluntarios que llevaba ya diez días en la isla: Luis, Elena y Juan Mari.

Ese era el plazo que teníamos para convertirnos en «veteranos» ya que nuestros mentores se irían habiendo cumplido los 21 días.

Transcurrido el tiempo les dijimos adiós y recibimos a nuestros pupilos, Carlos, Maritxu, Argitxu e Isatxu, de quienes nos despediríamos diez días después. Otros aparecieron de repente: Gorane, Unai y Ander, tres estudiantes de hostelería bizkainos con quienes compartimos morada además de tantos momentos después del trabajo.

De vuelta en la cocina, una vez estamos todos las tareas están ya repartidas. Ayudar en la panadería o en la cocina, ordenar el almacén, o preparar la logística posterior para que al final todo llegue al campo como corresponde.

Desde una esquina se escuchan ritmos de tierras lejanas. Son Mazloum, con quien empezamos el día, y Jaklin, dirigiendo a los voluntarios en la panadería. Ambos están encargados de sacar adelante esa tarea. ¿El resultado? pilas y pilas de panes planos, unas tortitas finas y grandes muy prácticas para comer y transportar. Estos panes, junto a la ración de comida, y una pieza de fruta componen el menú que llegará a cada persona, y no sólo a refugiados sino también a voluntarios de otras ONGs a las cuales se les da apoyo.

La cocina

Hadi, uno de los cocineros, asoma por la ventana y pide cincuenta kilos de arroz. Vamos al almacén donde todo lo del día está organizado y lo movemos a la cocina. Mientras tanto el «taca taca» de media docena de cuchillos no se detiene hasta terminar con kilos y kilos de zanahorias y cebollas.

La cocina está llena de voces, Jamal y Hadi coordinan a los voluntarios y en poco tiempo todo está ya al fuego. El ritmo por un rato se hace algo más lento.

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Ahora es Jamal quien está apoyado en la ventana mientras mira a los demás preparar los tápers y demás elementos para el emplatado, a la vez que en grandes bandejas se hacen las mezclas finales.

Jamal es pausado y sonriente, observa todo desde un punto y nunca se desespera. Da calma a todos y con un gesto dice mil palabras. Su historia en Zaporeak empezó en 2020 como voluntario. En este momento se están dando unas 1.200 comidas, pero cuando la población del campamento era más alta se llegaba a dar más de tres mil: “Lo hacíamos en el mismo tiempo que ahora y casi con la misma gente”, recuerda.

Llegó a Lesbos desde Afganistán en 2018 y estuvo alojado durante ocho meses en el campamento de Moria, campo anterior al actual, Kara Tepe, que se cerró tras sufrir un incendio en 2020.

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Muro del antiguo campamento de Moria

Jamal nos cuenta que ese campamento era mucho peor, había miles de personas sin agua ni comida en muy poco espacio. La vida transcurría en tiendas improvisadas con temperaturas bajas en invierno y mucho calor en verano. Después de esa estancia vivió en el nuevo campamento esperando su regularización.

Actualmente es el encargado de la cocina de Zaporeak en Lesbos y ha decidido quedarse a vivir en Mitilini aunque tiene familia en Alemania, su madre y su hermano.Por ahora lo prefiero, el trabajo es bueno y la ciudad es tranquila”.

En el momento del incendio Moria era el campamento de refugiados más grande de europa, con una población de 23.000 migrantes que superaba siete veces su capacidad.

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Pintadas contra el antiguo campo de Moria: «Cerrad Moria! Aplastad al facismo», y en griego, «Fuera los facistas de todos los barrios».

En el puerto viejo de Mitilini una fábrica abandonada domina el paisaje y prevalece como testimonio de otros tiempos. Grupos de acción local pedían el cierre del campamento de Moria y llamaban a «aplastar el facismo«. Kara Tepe tampoco será definitivo, actualmente se está terminando la construcción de otro campo en una zona despoblada de bosque en el norte de la isla. La nueva situación geográfica dejaría a los refugiados en situación de aislamiento.

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El emplatado, todo va racionado en tuppers individuales

El campamento

Unos dedos buscan mi nombre en una lista, aquí está, DNIs, firmas y autorizaciones, es la puerta del campamento y la furgoneta está esperando entrar. Era nuestra primera vez y dentro del pequeño cuarto nos miramos todos con cierta tensión, Akis nos acompaña. Está todo bien, podemos seguir.

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El campamento de Kara Tepe con la costa turca detrás

Avanzamos lentamente por el campo, otra vez con el mar a la izquierda y al otro lado las casas separadas por calles. Hace calor pero hay movimiento; el suelo, de polvo blanco y piedra, deslumbra y sofoca. Niños jugando, madres vestidas de colores con sus bebés en brazos, hombres y mujeres que van y vienen.

Finalmente, después de varios recodos, llegamos al punto de distribución, decenas de personas estaban ya esperando y otros se iban acercando desde todas partes. Me esperaba algo caótico pero no ha sido así, en filas ordenadas repartimos la comida.

«Cinco«, «tres«, «ocho«, decían al llegar al puesto. Eran las raciones que tenían asignadas por familia. Al cabo de varios días se hizo rutina, las caras que no eran de nadie se volvieron conocidas y dejaban ver algo más. Los encuentros se repetían, se volvían predecibles y eso me hacía sentir que sabía algo de ellos: dos chicas africanas que iban juntas y casi no hablaban, el hombre que sonreía y me indicaba el número ocho sumando cuatro dedos de cada mano, una niña de diez años que siempre me preguntaba cómo estaba, otra mujer africana que conversaba en francés con mi compañero Iñaki mientras su hija pequeña se nos colaba en el puesto. Todos los días.

A algunos niños de los habituales les hacía la broma de «adivinar» el número antes de que me lo dijeran, casi siempre acertaba y siempre se reían. Me llevo esa colección de sonrisas.

Paréa

Un día, una tarea me llevó a un conglomerado de ONGs llamado Paréa, que se encuentra a poco más de un kilómetro del campamento, y en el que actúan distintas organizaciones coordinadas por Europe Cares. Es uno de los puntos donde Zaporeak distribuye entre 150 y 200 raciones diarias a las personas que acuden a las actividades de este centro.

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Las raciones listas para repartir en Paréa

Ayuda psicológica, asesoramiento legal, talleres diversos, espacios para mujeres y actividades deportivas son algunas de las propuestas que atraen todos los días a cientos de personas. También es el lugar donde se asienta la delegación de Médicos sin fronteras.

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Día de fiesta en Paréa, voluntarios y refugiados comparten un día de música, deportes y comidas

Una década entre fogones

Han pasado ya diez años desde que Zaporeak, la asociación fundada por miembros del Grupo Gastronómico Intxaurrondo, se instaló primero en Quíos y posteriormente en Lesbos para dar ayuda al drama humano que es la migración forzada. En un inicio con el objetivo de apoyar a los voluntarios de otras ONGs, más tarde extendió su labor hacia los propios refugiados y recientemente tendió una nueva línea en favor de iniciativas humanitarias en Gaza.

En ese tiempo se han dado más de diez millones de raciones de comida de la mano de los más de 1.500 voluntarios que han viajado sucesivamente a la zona para aportar su trabajo. Pero no todo es estar allí. Muchos otros sostienen las bases, la labor en origen que consiste en la organización y participación en las campañas de recogida y logística así como las aportaciones de los socios que sostienen esta estructura solidaria. Si quieres ayudar puedes visitar la web de Zaporeak.

Cargo mi última furgoneta y salgo hacia el campo evitando pensar en las despedidas. Atravieso los kilómetros de olivos que ya me son tan familiares, voy acompañado como siempre y como siempre de fondo las conversaciones que sigo sin poder descifrar.

Finalmente llegó la hora de tener que decir adiós a Lesbos después de 21 días cargados de alegrías y tristezas, pero contento de haber sido uno de esos mil quinientos. Os dejo hasta la próxima con un abrazo de esos que sólo vosotros sabéis dar.

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