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‘Yalda’, una película sobre la justicia como ‘show’ televisivo

Los hermanos Lumière vieron claro desde el principio que su invento, el cinematógrafo, podía ser la gran ventana para dar a conocer el mundo a los espectadores. Fue así como, a finales del siglo XIX, reclutaron a un grupo de entusiastas para recorrer lejanos países con el único objetivo de filmar sus paisajes, sus gentes, sus costumbres y formas de vida. Contemplando ‘Yalda, la noche del perdón’ es imposible no pensar que, gracias al cine, 125 años después, seguimos teniendo la oportunidad de descubrir algo de uno de los estados más herméticos del mundo, Irán, y que Massoub Bakhshi, el director del filme, bien podría ser digno heredero de aquellos muchachos contratados por los Lumière.

Dejar entrever un poco de la realidad de este país de Oriente Medio es, sin duda, uno de los grandes atractivos de este sobrecogedor filme, escrito y dirigido por Bakhshi que inauguró hace unos días el Festival de Cine y Derechos Humanos de Donostia. 

Sorprende comprobar que la televisión basura, el morbo extremo y el pisoteo de la dignidad humana al servicio del espectáculo, los presentadores endiosados por encima del bien y del mal o el ‘poder’ de la audiencia están tan vigentes allí como en cualquier otro lugar. Aunque está claro que la lectura y el análisis posterior que se haga de este notable título no podrán ser los mismos perteneciendo el espectador a Occidente o a una cultura islámica; siendo hombre o mujer.

‘Yalda’, como muchas películas que buscan retratar/denunciar una situación, está inspirada en la propia realidad: un programa de televisión que, desde 2007 y hasta justo después de emprenderse este proyecto cinematográfico, se emitió en la televisión iraní. En él, los supuestos agresores acudían para solicitar el perdón judicial de las víctimas o de sus familiares y la audiencia era decisiva, con sus votos vía SMS, en la forma de pago de la compensación económica.

En esta ficción, Maryam, una joven de 22 años, se juega literalmente su vida en el plató de un programa como ése. Está acusada de “asesinar salvajemente” a su multimillonario marido Nasser, de 65 años, después de que, tras una disputa (él la echó de casa por quedarse embarazada y contravenir supuestamente el acuerdo de su matrimonio temporal), éste se accidentara en el forcejeo y ella huyera asustada de la vivienda sin avisar a los servicios de emergencia. Conseguir el perdón de Mona (magnífica Behnaz Jeffari), la hija que su marido tenía de su esposa oficial, es la única opción de la joven para evitar ser ahorcada en cumplimiento de su condena a muerte. Sin embargo, Maryam pronto se dará cuenta de que en el programa de televisión que se emite en directo durante la fiesta del solsticio de invierno, el Yalda, tampoco podrá explicarse ni contar su propia versión de lo que pasó.

yalda 2 - ‘Yalda’, una película sobre la justicia como ‘show’ televisivo De hecho, como espectadores, sentimos el agobio y la ansiedad de Maryam, su impotencia al no poder reivindicar su inocencia. La supuesta ‘asesina’ se nos presenta más como la víctima que como el ‘verdugo’ en esta historia narrada con pulso firme y decidido en clave de ‘thriller’ en las escenas que ocurren en bambalinas, fuera de cámara del programa, y con estilo televisivo (plano/ contraplano) en las escenas del ‘espectáculo judicial’ que se desarrolla delante de ella. Es uno de los aciertos de ‘Yalda, la noche del perdón’, el empleo de dos estilos diferentes para crear dos espacios narrativos distintos, aunque confluyentes, el real y el televisivo, sobre los que la protagonista (espléndido a la vez que contenido trabajo de Sadaf Asgari) no tiene absolutamente ningún control.

El planteamiento cinematográfico es impecable y, en ese sentido, permite aprovechar muy bien los giros de guión (varios) y ajustarlos acertadamente a un ritmo muy preciso y marcado.

Sin embargo, no es su calidad artística lo más interesante de ‘Yalda, la noche del perdón’, si no el hecho de que el filme hable a través de esta historia de otra, una que el realizador no cuenta abiertamente. No hay que perder de vista que Massoud Bakhshi está en la lista negra del régimen iraní desde su primera película, ‘A respectable family’ (2012), cuyo estreno fue prohibido en el país, y que tuvo que vencer muchas dificultades para poder rodar este segundo trabajo (el filme es una coproducción con distintos países europeos) con el que obtuvo el Premio del Jurado en la pasada edición del Festival de Sundance.

“Quédese aquí”, “no se mueva”, “permanezca tranquila” o “no puede pasar” son frases reiteradamente repetidas en el largometraje. Las pronuncian, con seca educación, de forma tajante, con decisión y autoridad, los responsables de los distintos departamentos que dirigen el programa de educación y hacen que los espectadores se sientan igual de angustiados y controlados que los personajes a los que van dirigidas. De la misma forma, también se acaban sintiendo los picores nerviosos que a Maryam le generan el velo con el que tiene que cubrir su pelo y las anchas ropas que ocultan su cuerpo. Esa opresión, esa falta de libertad trascienden la propia película y lo convierten, si no en su verdadero y oculto argumento, sí en el necesario contexto para entenderlo. Ese plató parece concebido como una metáfora, a pequeña escala, de la propia realidad.

Innegablemente, el filme, pese a su final quizá algo ambiguo y poco esclarecedor, no deja mucho lugar a la esperanza para mujeres pobres como Maryam.

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