por Aitor Ventureira
Ilustración: Lola Gómez Redondo
04 Ene.18

La costa de la tierra de los vascos, es abrupta, dura y salvaje, bella y atractiva, calas escondidas se suceden con acantilados profundos, con arenales paradisíacos o con bucólicos puertos, todo ello bañado por el enigma profundo y magnético del mar Cantábrico, ese pequeño rinconcito del Atlántico. Me gusta dejarme embaucar por la energía de la mar, por su atávica atracción, por su paz, por su sinfonía mística. Me gusta dejarme acariciar por su calma, por su ancestral vaivén hipnótico, o contemplar desde la distancia su juego salvaje y libre con los vientos del noroeste, cuando decide quedarse a solas consigo misma.

Si, me gusta la mar, por eso, en ocasiones, abandono la seguridad de las montañas y busco un lugar en el que sentir toda esa fuerza ancestral, toda esa energía desbordada que me cautiva irremediablemente, un lugar en el que vagabundear sin más pretensión que dar un paso tras otro, mientras el sabor a salitre invade todo mi ser. Allí donde la brisa, me susurre viejas historias de ciudades sumergidas y de naufragios, historias de seres misteriosos que habitan en sus abismos, de genios que cautivan con sus cánticos, historias de piratas y corsarios, aventureros y marinos aguerridos y valientes.

Uno de estos lugares se esconde en un rinconcito de la bahía de Txingudi, justo allí donde el golfo de Bizkaia, comienza a tomar rumbo decidido en dirección al magnético norte, al abrigo de los Pirineos. El viajero que acierte a llegar hasta la localidad labortana de Hendaia, sentirá la arcaica atracción de unas misteriosas peñas que se sitúan al fondo de la playa de Ondarraitz .Su mirada las buscará incesablemente, mientras ellas se recortan en el horizonte, atractivas, pero a su vez lejanas e inalcanzables, dos peñascos, que a decir de la sabiduría popular, marcarían el punto en el que el Pirineo se sumerge en el Atlántico. Son conocidas con diferentes nombres: “Dunba Luzie” y “Dunba Zabala”; Sanson-arriyak (piedras de Sansón); “Las Gemelas”; o “Les Deux Jumeaux”.

Hoy vamos a descubrir sus múltiples secretos, caminando sin prisa por sus dominios, vagando por sus praderas verdes acariciadas por la mar, mientras allá, en lo alto de la colina, nos vigila el Château d´Abbadie, todo ello en un paisaje de cuento. Son muchas las opciones que se nos presentan para conocer este hermoso rinconcito, os voy a proponer una de las más largas pero, también de las más interesantes, pues nos permitirá conocer en su plenitud este bucólico lugar. Dejamos el coche en los alrededores de la playa de Ondarraitz, caminamos por su paseo marítimo teniendo como compañero constante el Cantábrico, siguiendo la referencia del cabo de Santa Ana, en cuyo alto se ubica el castillo y desde el que parecen desgajarse las “dunbas”. Llegados al final del paseo, un camino nos lleva hasta el parking de la depuradora, ubicado tras el hospital Marin. Desde este aparcamiento, sale un ancho camino a nuestra izquierda, que por un precioso bosquecillo nos lleva hasta el caserío Larretxea, un magnifico ejemplo de arquitectura labortana, actual centro de interpretación, donde podemos hacer acopio de información de la zona. Frente a la puerta del caserón, hay un hermoso lavadero, junto al que sale un camino asfaltado que nos lleva hasta otro caserío, y continuamos por una senda desde la que se nos presenta una fantástica vista del castillo de Abbadie. Pronto nos internamos en un pequeño bosque y salimos a una zona de praderas. Nuestro camino llega a un cruce en el que debemos tomar a nuestra izquierda, pero merece la pena seguir el sendero un tramo hacia la derecha para contemplar la recóndita bahía de Loia, En este lugar, se ubica el islote de Txurruta, que guarda celosamente viejas historias de corsarios y piratas, que hicieron de esta pequeña playita su refugio. Dejemos volar nuestra mente e imaginemos las correrías, que por estos lares, debieron de protagonizar bucaneros de leyenda, como Ixtebe Pellot, Joanes de Suhigaraychipi o Michel “Le Basque”. Todo ello confiere al lugar un halo de profunda magia y sutileza, un arcaico misterio envolverá al viajero que se acerque allí con pausado caminar y el corazón y la mente abiertos.

Retornamos al cruce y nos dirigimos, decididamente hacia la mar, es un placer indescriptible vagabundear por estos prados, sin prisa saboreando cada paso, aderezado por el sabor mágico del salitre. Llegamos así hasta el borde de la punta de Santa Ana, donde se ubica una rosa de los vientos encima de un bunker de la segunda guerra mundial, triste recuerdo del sinsentido de los hombres en su afán por acaparar poder. Desde este punto, la vista de las “dunbas” es realmente sublime, un tanto impresionante, sobrecogedora, parece que podemos acariciar sus pétreas formas casi al alcance de la mano, sin embargo ellas se empeñan en mantenerse libres, lejos del alcance de los hombres, manteniendo de esta forma su telúrica magia, dejándose acariciar tan solo por las olas y el viento.

Las antiguas leyendas de nuestra mitología nos explican, a su ancestral manera, el origen de las “dunbas”, que fueron colocadas aquí por un gentil. Los gentiles eran unos gigantes de la mitología vasca, que habitaba en las montañas y eran poseedores de una fuerza descomunal, a ellos se atribuye la construcción de muchos de los monumentos megalíticos que pueblan nuestra geografía, e incluso de alguna iglesia cristiana. Pues bien, en una ocasión uno de estos personajes míticos decidió destruir la catedral de Baiona, para ello, desde una montaña y ayudado de una honda se dispuso a arrojar las piedras. Pero justo en el momento del lanzamiento, el gigante resbaló con una boñiga perdiendo fuerza en el tiro, motivo por el que las rocas fueron a caer en este rinconcito de la playa de Hendaia, donde aún hoy podemos verlas. Otra leyenda nos cuenta que fueron arrojadas por otro gigante mitológico, concretamente Sansón, quien las lanzó desde el caserío Andrearriaga ubicado en la localidad gipuzkoana de Oiartzun, caserío en cuyas inmediaciones apareció una antigua estela, al parecer de origen romano. Hay historias que aseguran que los peñascos se tratarían del único vestigio que queda de la mítica ciudad de Baionazahar o Baiona Vieja, que fue engullida por las aguas y tragada por la tierra al no haber socorrido sus habitantes a una mendiga. Esta leyenda se da, con diferentas variantes, en otros lugares de la geografía vasca, también se relaciona con viejos mitos, de origen celta, de ciudades sumergidas engullidas por la mar, como son La Atlántida o la mítica ciudad de Ys, en el Finisterre bretón. Cierto es que la geología nos dará una explicación totalmente distinta, pero creo, amigo lector, que la vieja leyenda es cuando menos mucho más imaginativa, nos habla de una forma muy concreta de interpretar y de entender el mundo, un mundo que se nos va escapando poco a poco, como el agua entre los dedos.

Retornamos al camino, continuando por la derecha, acariciando los acantilados, para volver al caserío Larretxea y al parking. Desde aquí seguimos por la acera junto a la carretera, en sentido opuesto a la playa, subimos así hasta una rotonda y vemos una puerta que da acceso a los terrenos del castillo.

Edificado en la zona alta del cabo, se trata de un magnifico edificio neogótico inspirado en los castillos de cuento del valle francés del Loira y los palacios ingleses. Su precursor fue un personaje fundamental en nuestra historia, Antoine d´Abbadie, que vivió entre los años 1810 y 1897, oriundo de Dublín, de madre irlandesa y padre zuberotarra. El señor d´Abbadie fue un amante de la cultura vasca y del euskera, además de un intrépido viajero, interesado en muchas culturas diferentes, principalmente la oriental. Pero no quedaron allí las inquietudes culturales del irlandés, quien cultivó, así mismo, la geografía y la astronomía, llegando, incluso, a colocar un observatorio astronómico en lo alto del castillo hendayés.

El señor d´Abbadie, consiguió reflejar en este edificio todo su enorme y particular mundo, decorándolo con diferentes motivos de sus viajes, y múltiples animales fantásticos y exóticos tanto en el interior como en el exterior. Merece la pena visitar el castillo, sumergirse en cada detalle que nos ofrece y deleitarse con las magnificas vistas que nos regala.

Regresamos por el mismo camino hasta la playa para volvernos a dejar acariciar por las olas del Atlántico, perpetuas perseguidoras del arcaico ciclo lunar. Es un buen momento para fundirnos en un mágico abrazo con la mar, para sumergirnos en sus profundidades misteriosas, mientras contemplamos las “dunbas”, que casi hemos tocado con la punta de los dedos, que casi hemos acariciado, o quizás, quien sabe, hayan sido ellas quienes nos han acariciado nuestra alma.


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