por Aitor Ventureira
Ilustración: Lola Gómez Redondo
08 Nov.18

Soberbias montañas calizas, se elevan sobre el populoso valle, sobrecogedoras cumbres llenas de paz, contrastan con la frenética actividad de los pueblos que se cobijan a su amparo milenario. Un fabuloso y coqueto macizo, guarda celosamente la belleza de sus veredas, de sus bosques, y cimas, de sus mil y un senderos, y de las viejas leyendas que se agazapan en la seguridad de la montaña. Nos encontramos en los dominios de la diosa por excelencia de la mitología vasca, Mari, nos encontramos en las impresionantes montañas de Urkiola. Un cresterio que comienza en el desfiladero de Atxarte, y concluye en el mítico Anboto, forma una de las rutas montañeras más complicadas de nuestra geografía, pero también una de las vistas más sobrecogedoras y enigmáticas de nuestras viejas montañas. Y es que este cordal pétreo, crea una curiosa forma de mujer tumbada boca arriba, que en el acervo cultural representaría a la propia diosa Mari. Desde cualquier punto de los alrededores de la gran montaña mágica, su vista es cuando menos enigmática, turbadora, ciertamente las montañas representan una figura humana tumbada, quien sabe, tal vez sea un capricho de la naturaleza, o tal vez, la diosa Mari, permanezca agazapada en su feudo pétreo de las alturas. Lo que si les puedo asegurar, es que el paraje es sublime, cuando en el amanecer la caliza se tiñe de tonos anaranjados, mientras en sus pies el bosque se despereza, o cuando la niebla sube desde los valles acariciando dulcemente el rostro pétreo de la dama, es una delicia encontrarse allí en ese momento único, dejarse acariciar por el susurro de nuestra esencia arcaica, de aquello que aún somos.

En un rinconcito de este misterioso cresterio, se sitúa en su vertiente W., una hermosa montaña, de 941 metros de altura, llamada Untzillatx. Esta impresionante montaña caliza, esconde en su lado E., el fabuloso desfiladero de Atxarte, referencia para muchos escaladores, e hito de la lucha ecologista, en la vertiente contraria, al Oeste, el río Mañaria, ha horadado una profunda garganta. Es justo aquí, donde dejaremos que nuestras viejas botas vagabundeen un poquito, que se dejen llevar por la magia telúrica de estas montañas bellas y magnéticas, es justo aquí, donde daremos rienda suelta a nuestro ser errante, buscador de amaneceres, de montañas, de bosques y ríos, de brumas y belleza, es justo aquí, donde daremos rienda suelta a nuestro ser más arcaico y salvaje, aquel que realmente somos, libres de estereotipos y falsedades, nuestro yo esencial.

Ermita de San Martín desde la cueva

Vaguemos, pues, a este hermoso rinconcito, al abrigo telúrico de la montaña, donde se esconde un lugar extraordinario, de una belleza radical, un lugar donde, entre un bosquete de viejos castaños, se levanta la ermita de San Martín, que guarda la leyenda de las Jentillarriak, las piedras de los Jentiles.

Jentilarria

Acariciemos dulcemente, las laderas de esta cumbre hermosa, por una esquinita del majestuoso cordal de la dama, casi como queriendo pasar desapercibidos, sin molestar, caminaremos por un viejo sendero que en una ruta lineal nos llevará desde el Santuario de Urkiola hasta la localidad de Mañaria, pasando por el paraje donde se esconde la ermita.
Solo debemos calzarnos las botas, y caminar, así de simple, pues la vida, amigo, esta ahí fuera, bañada por la lluvia fina de noviembre, por el frío gélido de las nieves de febrero, o por el sol revitalizante de una tarde de agosto, solo resta sacudirnos la pereza y acudir a la atávica llamada de la montaña, a la atávica llamada de la vida.

Amanece en Urkiola

Comenzamos la ruta en el Santuario de Urkiola, donde podemos aparcar. El templo, bajo la advocación de los santos San Antonio Abad y de Padua, está datado en el siglo IX. En el exterior llama nuestra atención, una enorme piedra conocida como Tximistarri (piedra del rayo). Según nos cuenta la tradición, esta enorme bola de piedra, es un meteorito, al cual, cada 13 de junio, se debe dar siete vueltas, con el fin de encontrar o de mantener novia o novio. Los científicos niegan que la roca tenga origen cósmico, según sus estudios, se trataría de una “pudinga”, es decir un conglomerado de minerales. Incluso historiadores han dado su versión del motivo por el que se encuentra en este paraje, al parecer pudo caerse de una carreta que realizaría la ruta hacia alguna ferrería de Otxandio. Que cada uno se quede con la teoría que prefiera, yo me quedo con la que nuestros viejos mitos nos cuentan, por lo menos es la más imaginativa.

Meteorito y Santuario de Urkiola

Tomamos un sendero que se interna en un precioso bosque de hayas, junto a los restos de un nevero, que en pocos minutos nos lleva hasta el calvario de Urkiola, un extraordinario mirador sobre la sierra de Anboto. Un poquito antes de llegar al calvario, una senda a nuestra izquierda se sumerge en un bosquecillo autóctono siguiendo las señales que nos dirigen decididamente hacia la localidad de Mañaria. La senda discurre en paralelo a la carretera de subida al puerto, despacio, el panorama se va abriendo para ofrecernos unas impresionantes vistas de Mugarra y Eskuagatx, a la izquierda, y el fantástico cresterio formado por Untzillatx, Axtxiki, Alluitz y cerrando el fondo el mítico Anboto. Impresiona caminar por estos parajes, la magnitud de las montañas sobre nuestras cabezas, nos hace sentirnos diminutos, como una pequeña embarcación en medio de gigantescas olas.

Cresterio de la dama y Anboto

Tras pasar una zona de pinares, alcanzamos los caseríos de Santi Gaztelu y posteriormente Gatzagieta, donde merece la pena detenerse y disfrutar de su calero reconstruido. Seguimos las marcas blancas y rojas, y otras de un PR blancas, rojas y amarillas, y nos internamos en un bosque, que poco a poco va descendiendo, nos encontramos frente a la inmensa mole de Untzillatx, que bordeamos por su vertiente izquierda. Es algo sobrecogedor, la ruta toma el sendero que acaricia la montaña, te sientes pequeño ante la inmensidad de la montaña, que se eleva sobre nuestras cabezas. Tras pasar por una fuente nos hallamos de lleno acariciando la vertiente oeste de la montaña, el camino sin perdida nos lleva hasta la ermita de San Martín.

Nos encontramos en un lugar cargado de energía atávica, esa energía que nos conecta con lo mas profundo de nuestra vieja cultura, con una parte de nuestro ser ancestral. Un precioso bosquete de castaños viejos, resguardan el templo de San Martín, junto al que se abren dos cavidades donde aparecieron restos humanos. Salpicados por el exterior de la ermita, se ven varios bloques de piedra, que según cuentan nuestras viejas leyendas, son obra de los jentiles, llamadas Jentillarriak o piedras de los jentiles.

Los jentiles, son unos gigantes de la mitología, seres de fuerza descomunal, utilizaban enormes piedras que lanzaban desde lo alto de las montañas, con intención de destruir templos cristianos, o pueblos, y que a menudo errando el tiro, caían en medio de las montañas, dando lugar a los menhires que se localizan en diferentes lugares de nuestras montañas. En otras ocasiones, usaban estas piedras como bolos para jugar, como es el caso del paraje en el que nos encontramos.

La ermita se encuentra literalmente incrustada en la montaña, sentado en su entrada, contemplando el magnifico castañar que se agazapa en la seguridad de la ermita, recuerdo las viejas leyendas que cuentan como San Martín robo el secreto de la fabricación de la sierra a los Basajaunes basándose en la observación de la hoja de castaño. Una magia antigua, enigmática envuelve el lugar, envuelve mi alma y mi ser.

Abandonamos el templo, dejamos allí su misterio al cobijo ancestral, telúrico de la montaña, dejamos allí sus leyendas y bosques, un sendero desciende hasta un cruce en el que tomamos el camino marcado de la derecha, que entre preciosos caseríos nos llevará hasta la localidad de Mañaria, fin del recorrido.


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