por Aitor Ventureira
Ilustración: Lola Gómez Redondo
14 Ago.18

La sierra de Aralar, siempre ha sido, para mí, un lugar profundamente mágico, un lugar que me aporta unas sensaciones que no siento en ninguna otra montaña, en la que mis viejas y gastadas botas han acertado a caminar. Aralar, de alguna secreta manera, me ha hecho lo que soy, pausadamente, siguiendo su ancestral ritmo natural. En sus dulces praderas de verde inmaculado, comencé a conocer las rutas milenarias, los usos de quienes forman parte de la sierra, en sus profundos bosques de hayas y robles, aprendí a sentir la fuerza de los árboles, a abrazar su energía profunda, telúrica, en sus montañas altas y bellas, casi inalcanzables, sentí la emoción de llegar hasta lo más alto tras haber disfrutado de cada paso que me llevó hasta allí. Sus rinconcitos, profundamente bellos, me enseñaron a amar los ancestrales mitos e historias de nuestra vieja cultura, a sentir ese irrefrenable deseo de lanzarme a conocer esos lugares mágicos. En definitiva Aralar, me ha enseñado a amar y respetar a las montañas, me ha enseñado a dejarme seducir por su belleza, a dejar que el viento me acaricie la cabeza, a ser profundamente libre mientras camino por sus senderos telúricos.

Pero quizás, hay rinconcitos que guardan un significado especial para mí, el Santuario de San Miguel in Excelsis, Igaratza, los hermosos hayedos del Realengo, Arritzaga, Ganbo, Txindoki, la calzada de los jentiles, Ata,…. y tantos otros, son lugares que guardo en lo más profundo de mi alma.
Uno de estos pequeños rincones al que estoy unido de forma magnética, desde que hace ya unos cuantos años, acerté a conocerlo es el valle de Alotza y su menhir de Saltarri. Desde el momento en que mi caminar me acercó por estos parajes, algo inexplicable me atrapó en su esencia mágica, aún hoy acercarme a ese vallecito colgado a más de mil metros sobre el nivel del mar, es para mi una emoción inexplicable. Amo profundamente llegar hasta allí con la amanecida, respirar esa magia que emana en cada brizna de hierba, en cada caricia del viento sobre mi cabeza, en cada paso sobre su mullida alfombra verde.

Me gusta partir desde el aparcamiento del área de Zamao, en el barrio de Larraitz, que pertenece al pueblo de Abaltzisketa, aún de noche y tomar la pista que poco a poco va ganando altura, siguiendo la ruta normal de la montaña por antonomasia, Larrunarri o Txindoki, mientras en el horizonte el sol va dando forma, lentamente, a todo lo que me rodea. La pista llega hasta una preciosa haya junto al camino, donde un sendero ataja el carretil. Poco a poco, el camino va ganando altura, para acercarse a un pinar que acaricia por su parte superior, justo cuando saboreamos los impresionantes paredones de la cara oeste de Txindoki sobre nuestras cabezas. Disfrutando del majestuoso espectáculo, alcanzo la fuente de Oria Iturri, y el característico paso de Zirigate, momento en que dejo la ruta de Txindoki y me dirijo a la derecha buscando el camino de Alotza. Continuo por el marcado sendero, en dirección a los prados de altura, y de pronto, la belleza.

Un delicioso vallecito, se abre ante mis ojos en un recodo del camino. La vista es profundamente embaucadora, casi absorto, pleno, disfruto cada paso de este maravillosos vallecito, hasta llegar al menhir de Saltarri, tumbado allá en mitad de la telúrica alfombra verde de Alotza. Una vez junto al megalito solo queda disfrutar, dejarse llevar por su arcaica magia, por su energía, solo queda sentir.

El menhir de 3.15 metros de largo, yace tendido en el suelo al abrigo de las cimas de Txindoki y del cordal de Gañeta, a más de 1.000 metros de altura, guardando las leyendas de los jentiles. Y es que un viejo cuento de nuestras montañas nos cuenta la siguiente historia:

“Los jentiles querían destruir el templo de San Miguel in Excelsis, en la sierra de Aralar, por lo que uno de ellos decidió lanzar una piedra desde la cima del monte Txindoki con la intención de alcanzar el templo. Justo en el momento del lanzamiento, el gigante resbaló con una boñiga de vaca, perdiendo impulso en el tiro, y la piedra fue a caer al raso de Alotza, justo donde hoy la vemos. Otra versión nos dice que la lanzaron desde la montaña de Murumendi con intención de destruir Beasain e itsasondo”.

Saltarri se ubica en uno de los principales antiguos pasos de la montaña, junto al camino por el que han transitado durante siglos pastores, mercaderes, peregrinos, soldados, celoso guardián de antiguos usos, de viejas leyendas, y en fin, de una antigua forma de ver y entender el mundo, que hoy se nos escapa irremediablemente entre los dedos, empujados por los nuevos usos súper tecnológicos.

Su nombre pudiera derivar de la costumbre existente entre los pastores de la sierra de intentar saltar con los pies juntos el menhir, siempre con una apuesta de por medio.
Disfruto de este paraje testigo de mis primeras aventuras montañeras, que guardo en un rinconcito de mi corazón, pero debo continuar con mí caminar. La ruta podría regresar por el camino de subida, pero la mágica mirada de una de nuestras montañas más bellas y embaucadoras me llama con fuerza, así que, sin dudarlo me encamino a la cima de Txindoki. Para llegar a su cima, la ruta se dirige hacia el collado de Egurral, pero antes podemos visitar dos coquetas cumbres que suelen pasar desapercibidas, y que ofrecen unas hermosas vistas de la sierra. Al norte del menhir, una suave cima de praderas y calizas llama mi atención hacia el norte, se trata del pico Zumalerdi, de 1.215 metros de altitud y que se corona rápidamente, ofreciendo una preciosa visión del menhir en los prados. De la cima, continúo descendiendo hacia el norte por los pastos para subir al pico Auntzizegi de 1.248 metros, desde el que se llega hasta el collado de Egurral, bajo la cumbre de Larrunarri o Txindoki. Solo resta subir la pronunciada pendiente antes de alcanzar esta mágica y deseada cima, morada de la diosa Mari. Txindoki o Larrunarri es una montaña especial, la primera gran cumbre para muchos de nosotros, y la que de alguna misteriosa manera nos ha hecho montañeros, nos ha enseñado a amar lo que hacemos, nos ha enseñado a ser embaucadores de montañas, de alguna forma nos ha enseñado a ser lo que somos.

Para rematar esta preciosa ruta, decido bajar por la vertiente este de Txindoki y saborear el encantador barranco de Muitze, para ello de vuelta en Egurral, tomó hacia la izquierda por un camino que me sumergirá de lleno en el barranco

Esta camino es belleza en estado puro, diferentes saltos de agua dotan al entorno de una hermosura difícilmente descriptible, encajado entre las cimas de Txindoki y Larraone. La senda no tiene perdida, discurre inteligentemente acariciando la montaña, tras pasar por una cruz llegamos a una antena desde la que podemos descender directamente hasta el aparcamiento.

Ya en el mundo presuntamente civilizado, observó con agradecimiento la montaña que acabo de acariciar, en cuyo regazo, como queriendo pasar desapercibido se agazapan Alotza y su menhir, se que su energía me acompañara durante varios días, susurrándome dulcemente que allí siguen, esperándome, hasta que vuelva a huir a la seguridad de la montaña.


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23 Jun.18

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Ilustración: Lola Gómez Redondo
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